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27 enero 2015

"No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6:24)

 
Podemos ver hoy en día que la fe y la visión de la iglesia actual difiere mucho de la fe y la visión de la iglesia primitiva, la cual era muy vibrante y activa, y estaba llena del Espíritu de Dios y de frutos de almas. Por lo contrario, la iglesia actual se enfoca principalmente en lo que concierne a la prosperidad económica, y no tanto en ganar almas en todo momento y en todo lugar.

Los líderes actuales se justifican diciendo que vivimos en tiempos diferentes, y que de todas maneras Dios está aún interesado en la adquisición de riquezas, poniendo como ejemplo a Abraham o a Job, los cuales Dios había bendecido materialmente, y que por tanto la adquisición de bienes materiales no va en contra del mensaje bíblico.

Los miembros de la iglesia actual siguen a un pastor que supuestamente es “conocedor de la verdad”, el cual promueve la fiel asistencia al templo que llama “iglesia”, donde el mensaje primordial gira en torno del “dar diezmos y ofrendas a Dios”, prometiéndoles a cambio estabilidad económica y material, a fin de poder vivir una vida de bendición y de confort. 

Cuando en realidad el pastor debería promover una vida de discipulado activo para preparar líderes obreros que divulguen el Evangelio por todo lugar, y para que los demás miembros se animen sustentar a estos misioneros, así como a las familias más pobres de la congregación, y también a barrios pobres de la ciudad. Debería enseñarles a no dar simplemente el diezmo (el diez por ciento) de sus ingresos a la iglesia, sino a dar el máximo posible, hasta que todos puedan llegar a dar el noventa por ciento de sus ganancias, no como algo impuesto sino como ofrenda voluntaria, para que sean prosperados en todo (2Corintios capítulo 9). Éste es el auténtico espíritu de renuncia a todo y del verdadero discipulado.

Según las Escrituras y bajo el Antiguo Pacto, el diezmo era el diez por ciento de las ganancias donado por solo aquellos que tenían granjas de animales y tierras de cultivos en Israel. Este diezmo era separado y entregado solo en comida, y no en dinero como las ofrendas para el templo, para poder alimentar a los levitas y a los sacerdotes que no disponían de heredad alguna. Este diezmo en alimentos también era destinado para alimentar a los extranjeros, las viudas y los huérfanos que vivían en Israel.

Pero ahora bajo el Nuevo Pacto en Cristo Jesús, Dios nos pide que lo demos todo; y no solo el hecho de congregarse en un templo y donar un diezmo para cumplir. Él quiere que le sirvamos de todo corazón, y/o que invirtamos nuestro dinero en su Obra, a fin de hacer avanzar su Reino y consecuentemente ganar almas, por todo lugar y lo más rápidamente posible. De hecho cuando nacemos de nuevo, Dios no se interesa tanto en nosotros como se interesa en los perdidos. Éste debe ser nuestro único objetivo y la verdadera razón de nuestra existencia como hijos de Dos.

Esta actitud errónea de interés desmesurado por lo material es opuesta diametralmente al mensaje que Jesús nos había hablado de renunciar a todas las cosas de este mundo y a nuestra propia voluntad, que nos distraen y frenan para poder seguirle como discípulos entregados y consagrados.

La iglesia actual debería enfocarse en seguir el ejemplo de Jesús en cuanto a su vida de renuncia y de entrega total a Dios su Padre. Debería vivir una vida más austera y de sacrificio, y de consagración a Dios y a su gran obra evangelizadora. Jesús enseñó una y otra vez acerca de la importancia de renunciar a todo deseo obsesivo por lo material, a fin de poder seguirle y obedecer la comisión de todo hijo(a) de Dios. Que es, ir a predicar el Evangelio de Redención en Cristo y manifestar el Reino celestial a toda criatura, para que llevar fruto de almas para Dios que a su vez le sirvan a Él. (Ver Lucas 14:25-35; Marcos 16:15-18; Mateo 28:19-20.)

¿Qué dicen las Sagradas Escrituras al respecto?

Si estudiamos bien la vida y el mensaje de Jesús en los cuatro Evangelios, y los Hechos y las Epístolas de los apóstoles, descubriremos que las riquezas materiales mencionadas en el Antiguo Testamento pasan prácticamente desapercibidas y a un segundo plano. Por el contrario, se enfatizan las riquezas espirituales de entrega a Dios y de servicio a los demás por medio de Jesucristo y su Espíritu en nosotros (Romanos 12:1-2; 1Corintios 3:16).

Jesús se enfrentó a las mismas tentaciones que el Diablo tienta a tantos creyentes hoy en día, cuando estaba en el desierto justo en el comienzo de su ministerio, cuando el adversario de Dios le ofreció la potestad sobre todos los reinos de la tierra y sus riquezas materiales, la cual había recibido en el momento que Adán, el primer hombre creado, pecó y cayó en maldición; convirtiéndose así en el príncipe y dios de este mundo (Juan 12:31, 14:30, 16:11; 2Corintios 4:4). Sin embargo Jesús resistió bien al diablo y a la tentación, reprendiéndole con convicción y con la autoridad de la poderosa Palabra de Dios:

Y le llevó el diablo a un monte alto, y le mostró en un momento de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me es entregada, y a quien quiero la doy. Si tú, pues, me adorares, todos serán tuyos. Y respondiendo Jesús, le dijo: Quítate de delante de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás.” (Lucas 4:5-8)

También el diablo tentó a Jesús con hacerle demostrar su poder como Rey cuando estaba detenido delante de Pilato al interrogarle acerca de su realeza y autoridad. Pero no transigió en su cometido ni desobedeció la voluntad del Padre, sino que voluntaria y sufridamente se entregó por amor a  todos nosotros: 

Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?...Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero ahora mi reino no es de aquí. Pilato entonces le dijo: ¿Acaso, eres tú rey? Jesús respondió: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.” (Juan 18:33-37)

Jesús declaró y enfatizó en otro pasaje acerca de la importancia de negarnos a nosotros mismos y de renunciar a todo, incluyendo nuestro bienestar y la vida material, a fin de que pudiéramos llevar fruto para Dios:

Y llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por causa de mí y del evangelio, éste la salvará. Porque ¿qué aprovechará el hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación perversa y adúltera, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.” (Marcos 8:34-38)

En otras palabras, ¿de qué sirve al hombre aguar su fe para obtener ganancia económica y material a fin de ser bien visto y aceptado por la gente del mundo, y pierde su alma? ¿Y cuánto dinero podrá pagar el hombre por su alma? Tenemos que darnos cuenta que la razón por la que Cristo vino a la Tierra no fue para que nos concentráramos en nuestras necesidades, sino más bien en olvidarnos de nosotros mismos completamente y volcarnos a Dios para servirle a Él y a los demás, con todas nuestras fuerzas (Marcos 12:28-34).

Jesús declaró una vez a sus discípulos que difícilmente un rico iba a entrar en el Reino del Cielo, a menos que se desprendiera y donara todas sus riquezas a los pobres y necesitados, a fin de poder seguirle a Él. Así lo expresó a sus discípulos, después que un hombre rico le había preguntado qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Este hombre había obedecido fielmente la ley de Dios desde muy joven, pero cuando Jesús le animó a deshacerse de todas sus riquezas para dárselas a los pobres a fin de que tuviera riqueza en el Cielo y pudiera seguirle, se entristeció y no las renunció porque tenía mucho que renunciar. En vez de convertirse en un instrumento útil para Dios y ser verdaderamente libre y rico en espíritu, prefirió no deshacerse de su mentalidad y entorno carnal, a fin de continuar con los placeres temporales de la vida y las cosas que podía ver y palpar con sus manos. (Ver Lucas 18:18-30.)

Veamos ahora lo que también Jesús expresó una y otra vez en diferentes pasajes con relación a  las engañosas riquezas materiales y los auténticos valores espirituales:

En Mateo 6:19-21 y Lucas 12:33-34 dice que vendamos lo que poseemos y demos limosna a los pobres; que no atesoremos riquezas aquí en la Tierra, donde la polilla destruye y las cosas materiales se echan a perder, y donde ladrones entran a robar. Sino que atesoremos riquezas en el Cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan a perder ni los ladrones entran a robar. Pues donde esté nuestra riqueza, allí estará también nuestro corazón —dando a entender que las riquezas materiales no son compatibles con el Reino de Dios, y que consecuentemente no deben ser nuestra prioridad ni nuestro objetivo ni nuestra razón de existir.

En Mateo 6:22-23 dice que nuestros ojos son la lámpara del cuerpo, y que si ponemos nuestra mirada en las cosas celestiales, nuestro cuerpo tendrá luz. Pero si nuestros ojos apuntan a las cosas materiales que nos atan, todo nuestro cuerpo estará en oscuridad. Y si la luz que hay en nosotros resulta ser oscuridad, ¿qué luz vamos a irradiar?

En Mateo 6:24-34 dice que nadie puede servir a dos señores o amos diferentes, porque odiará a uno y querrá el otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. Es decir, que no podemos servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo, porque es imposible amarle y servirle a Él de todo corazón, si ponemos nuestra mirada en lo material o económico y el bienestar de uno mismo. No podemos afanarnos en trabajar demasiado a fin de ganar y acumular dinero, como consecuencia de no creer que Dios puede suplir lo necesario, mientras descuidamos lo más importante: que es buscar primeramente todo lo que atañe al Reino de Dios y su justicia. Jesús nos asegura que si tenemos fe en Dios y buscamos su Reino, no dejará de suplirnos milagrosamente el sustento necesario para que podamos servirle y seguirle Él.

En Marcos 4:7,18-19 dice que muchos creyentes son como la semilla sembrada entre espinos, que oyen la Palabra, pero los negocios de esta vida presente les preocupan demasiado, el amor por las riquezas les engaña, y solo piensan en poseer todas las cosas materiales posibles. Todo esto entra en sus corazones y apaga su fe en la Palabra, impidiéndoles obedecer la gran comisión de amar y llevar fruto de almas para Dios (Mateo 28:19-20).

En Lucas 12:13-21 dice que tengamos cuidado de no ser avaros y codiciosos, porque la vida no consiste en poseer muchas cosas o posesiones, ni en invertir dinero para hacerse todavía más rico.

En Lucas 12:22-32 dice que no debemos preocuparnos por lo que hemos de comer para vivir, ni por la ropa que necesitamos para el cuerpo. Si Dios da de comer a las aves que no siembran ni cosechan, y viste a la hierba que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, cuánto más Él va a darnos de comer y de vestir a nosotros los creyentes. Añadió que todas estas cosa del diario vivir son las que preocupan a la gente no creyente del mundo, pero que el Padre celestial ya sabe que las necesitamos. Solo debemos esforzarnos en buscar primeramente el Reino de Dios y que todas nuestras necesidades iban a ser suplidas de forma infalible y milagrosa.

En Lucas 12:33-34 dice que debemos deshacernos de toda posesión material para que podamos ayudar al necesitado, y para aliviarnos de las preocupaciones que conllevan las mismas riquezas; porque si uno posee riquezas, allí también está su corazón anclado en ellas, y se hace avaricioso.

En Juan 6:25-29 y 4:31-38 dice que trabajemos no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, que es hacer la voluntad del Padre celestial; es decir: creer, entregarse y obedecer a su Hijo y su Palabra, con el objetivo de cosechar para Dios tantas almas como podamos a nuestro alrededor.

Ahora veamos lo que el apóstol Pablo nos exhortó en sus cartas acerca de la engañosa riqueza material y la auténtica visión celestial:

En 1 Timoteo 6:1-10 dice que los que enseñan otras cosas y no están de acuerdo con la sana doctrina de Jesucristo, son engreídos y no saben nada. Son ministros que tienen la mente pervertida y no conocen la verdad, y que toman la fe cristiana por una fuente de ganancia material, en vez de estar contentos y satisfechos con la comida diaria y el vestido que nos da el Señor. Además, los que quieren hacerse ricos caen en la tentación como en una trampa, y se ven asaltados por muchos deseos insensatos y perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males; y hay quienes por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos. (Ver también Salmo 49.)

En 1 Timoteo 6:17-19 dice que los hermanos en la fe que tienen riquezas de esta vida, que no sean arrogantes ni pongan su mirada y esperanza en las riquezas, porque las riquezas de este mundo no son seguras ni duraderas. Antes bien, que pongan su esperanza en Dios, el cual nos da todas las cosas con abundancia y para nuestro provecho. Sobretodo que hagan el bien, que se hagan ricos en buenas obras, es decir que estén dispuestos a dar y a compartir lo que tienen con los demás hermanos necesitados, a fin de que tengan una base firme de riquezas espirituales para el futuro, y hagan así efectiva la vida eterna que el Señor les ha concedido por gracia.

También el apóstol Juan nos exhorta en 1 Juan 2:15-17 que no amemos al mundo (al sistema del hombre), ni lo que hay en el mundo. Dice que si alguno ama al mundo o es atraído por él, no ama a Dios, porque nada de lo que el mundo ofrece viene de Dios, sino del mundo. Y esto es lo que Dios detesta: los malos deseos de la naturaleza carnal humana, vicios y placeres egoístas; el deseo de poseer las cosas materiales que agradan a los ojos; y el orgullo, la vanidad y el egoísmo que generan las cosas terrenas. Pero el mundo pasa, con todos sus deseos; en cambio, el que hace la voluntad de Dios registrada en las Sagradas Escrituras vivirá para siempre.

¿Cuál es la voluntad de Dios para todo creyente?

El apóstol Pablo explica en Colosenses 3:1-4, y Romanos 6:5-14, y Gálatas 2:20, y 2Corintios 5:14-15, y 1Corintios 6:20 y 7:23, que si hemos nacido de nuevo del Espíritu de Dios y hemos sido resucitados con Cristo, entonces debemos pensar y buscar las cosas del Cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Debemos buscar las cosas del Cielo, y no las de la Tierra. Tenemos que darnos cuenta que, una vez hemos entregado nuestra vida a Dios, hemos muerto completamente a nuestro viejo hombre y a nuestra vieja vida pecaminosa, y Dios nos tiene reservado el vivir con Cristo. Jesucristo es nuestra vida ahora, Él vive en nosotros y le pertenecemos enteramente a Él, porque nos ha comprado con el precio de su sangre y sufrimiento en la cruz. Por eso, como hijos de Dios, estamos ahora obligados a hacer la voluntad de Dios y no seguir la corriente ni las costumbres contaminadas y perversas del mundo y del hombre natural.

En 3 Juan 1:2 el apóstol Juan nos da a entender que la voluntad de Dios con respecto a la prosperidad no consiste en desear y orar por riquezas materiales, como muchos piensan y aspiran erróneamente, sino en orar por la salud física, mental y espiritual, y por supuesto lo necesario para vivir, que Dios quiere brindarnos por medio de su Espíritu cuando nuestros pensamientos perseveran constantemente en Él. (Ver Salmos 119:165; Isaías 26:3.)

¿Qué modelo debemos seguir como cristianos con respecto a los bienes materiales?

El evangelista Lucas escribe en Hechos 2:44-45 y 4:32,34-35, que todos los creyentes estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí; vendían sus propiedades y todo lo que tenían, y repartían el dinero a todos los hermanos en la fe y según las necesidades de cada uno. Todos los creyentes pensaban y sentían de la misma manera. Ninguno decía que sus cosas materiales fueran solamente suyas, sino que eran de todos. Y gracias al buen ejemplo cristiano de compartir lo material, no había entre ellos ningún necesitado, porque quienes tenían terrenos o casas, los vendían, y el dinero lo ponían a disposición de los apóstoles, para repartirlo entre todos según las necesidades de cada uno.

Jesús nos dio el mayor ejemplo de entrega a Dios y de renuncia a todo al hacerse pobre siendo rico, ya que dejó los palacios del Cielo y se vistió de humanidad, para que, por medio de su ejemplo de humildad, pudiéramos tener de lo necesario, a fin de enfocarnos en propagar el Evangelio, y ser desprendidos y generosos para ayudar a los hermanos necesitados y a los pobres también (2Corintios 8:9). El apóstol Pablo dice que, cuando somos generosos compartiendo lo material con otros, no tenemos que preocuparnos de nuestro sustento diario ya que Dios suplirá todo lo que nos falte conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:10-19). (Ver 2Corintios 9; Salmos 34:3-6,25-26.)

El apóstol Juan expresa en 1 Juan 3:16-18, que de la misma manera que Jesús se dio a sí mismo, hasta el punto de dar su vida por nosotros, cuánto más nosotros debemos también renunciar a todo lo demás y dar nuestra vida por los hermanos. Pues aquél que tiene bienes materiales y ve a su hermano tener necesidad de lo material y no comparte con él, ¿dónde está el amor de Dios dentro de él? Así pues si somos creyentes, no lo divulguemos simplemente de boca, sino también mostremos el amor de Dios con nuestro ejemplo de amor y de generosidad. (Ver Juan 10:7-13; Santiago 2:14-26.)

Conclusión

¿Cuántos creyentes están hoy en día dispuestos a renunciar y a compartir con otros sus riquezas materiales y posesiones para convertirse en verdaderos hijos e hijas de Dios que no viven para sí mismos, sino que, invirtiendo su tiempo y dinero en la obra de Dios, se enfocan en obedecer la Gran Comisión de predicar a toda criatura el Evangelio del Reino de Dios y su justicia en Jesucristo, sanar a los enfermos, y hacer discípulos en todas las naciones? (Ver Marcos 4:34-38, 16:15-18; Mateo 28:19-20.)

Actuemos, pues, en conformidad con la sana y completa doctrina del Evangelio, y seamos consecuentemente responsables de nuestro cometido, emulando y viviendo como Jesús vivió y operó, si verdaderamente hemos nacido de Dios en Él (1Juan 2:6). Seamos como la buena tierra en Lucas 8:4-15, que recibió la semilla del sembrador, y creció, y dio una buena cosecha, hasta de cien granos por semilla. Esta buena tierra es todo creyente que con corazón bueno y dispuesto escucha y hace caso de la Palabra de Dios; y que, permaneciendo firme en Ella, da una buena cosecha de conversos y de vidas consagradas, dispuestas a participar también en la gran obra reconciliadora de Dios (2Corintios 5:17-21).



26 enero 2015

“Cristo no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45)

 
La Palabra de Dios enseña en Efesios 4:1-16, que para guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, Jesucristo dio dones para formar un cuerpo ministerial en toda iglesia, de servicio a los demás, compuesto por hermanos ancianos en el Señor: “Él mismo dio a unos, apóstoles; y a unos, profetas; y a unos, evangelistas; y a unos, pastores y maestros” (Efesios 4:11). Esto lo hizo con el objetivo de proveer lo necesario a los hermanos jóvenes en el Señor para una vida de servicio a Dios y a los demás, para la edificación del cuerpo de Cristo. Es decir, para que todos los creyentes puedan servir y confesar a Cristo crucificado, al mismo tiempo que tienen una relación viva, íntima y directa con Dios el Padre, hasta que todos lleguen a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios y Su Palabra, hermanos fortalecidos y completos a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

Hoy en día, sin embargo, predomina en la iglesia un notorio culto a la personalidad y una desmesurada atención a la persona que desempeña un cargo ministerial. Es cierto que los hermanos de la congregación deben honrar y respetar a un buen anciano o siervo de Dios, por todos los servicios espirituales que presta (1Timoteo 5:17-18). Pero lo que lamentablemente sucede es que muchos ministros esperan que los creyentes les den un trato diferente como si fueran hermanos que han recibido una “unción” especial de “profeta o portavoz de Dios”, y que por tanto han alcanzado un título y rango superior. Cuando en realidad deberían aparecer delante de los demás como hermanos y servidores de todos, dispuestos a proveer atención y cuidado, y a equipar a los hermanos de la congregación con la enseñanza necesaria de la Palabra, la cual les fortalecerá su fe y les animará a llevar a cabo la obra de Dios (2Corintios 5:16-19).

En Hebreos 1:1-2, las Escrituras enseñan que Dios no nos habla y guía hoy (bajo el Nuevo Pacto o Testamento de la fe y gracia) por medio de profetas o ministros, sino directamente a través de su Hijo Jesucristo y su Palabra, ya que Jesús es el Verbo de Dios hecho hombre (Juan 1:1-18). Además, en 1 Juan 2:18-29, el apóstol Juan nos exhorta que debemos tener cuidado de no dejarnos engañar por doctrinas erróneas de elocuentes y falsos maestros que extravían a muchos de la sana doctrina del Evangelio. Y por este motivo, nos recuerda que no tenemos que depender siempre de un pastor o ministro para enseñarnos y revelarnos la Palabra, sino que la unción misma del Espíritu Santo de Dios nos enseñará y revelará personalmente toda la Palabra registrada en las Escrituras, y además de forma clara, poderosa y sobrenatural (Juan 14:26). También el Espíritu nos guiará para que podamos permanecer en la voluntad de Dios, a fin de poder alcanzar a los perdidos y llevar fruto de almas ganadas para Él (Romanos 8:1-30; Juan 15:16; Marcos 16:15-18). Recordemos que gracias a la fe y la gracia de Jesucristo, Dios pudo derramar entonces de su Espíritu sobre todo creyente nacido de nuevo, y no solo a ciertos hombres de Dios, como sucedía en el Antiguo Pacto o Testamento (Hechos 1:8, 2:17-18).

Un buen ministro de la iglesia debe imitar, demostrar y anunciar en todo momento a Jesucristo crucificado, quien fue un verdadero ejemplo de siervo con entrega, compasión, humildad y demostración del Espíritu y del poder de Dios (1Corintios 2:1-5; Hechos 10:38). Si Cristo dio Su vida por amor a nosotros, cuánto más debemos seguir su ejemplo de querer dar la vida por nuestros hermanos, también con toda entrega, compasión, humildad y demostración del poder de Dios (1Juan 3:16; Romanos 8:29; Juan 14:12, 20:21).

Jesús dejó bien claro en Mateo 23:8-12, que ningún hermano maduro espiritualmente debe esperar de los demás hermanos en la fe que lo llamen “Maestro” o “Rabí” —que también significa guía o pastor (ver Ezequiel 34:2,9-10) —, como solían hacer los fariseos religiosos. Sino simple y llanamente hermano, porque todos somos hermanos unos con otros y tenemos solamente un Maestro y Pastor: Jesucristo (Juan 10:11-16; 1Pedro 2:25). De hecho, el mismo Jesús dijo que el más grande entre ellos debía servir a los demás; porque el que se engrandece a sí mismo será humillado, y el que se humilla, será engrandecido (Mateo 23:1-12). En otro pasaje dijo Jesús que el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos (Mateo 20:20-28; Marcos 10:35-45; Filipenses 2:1-18).

Y para que no olvidasen la importancia de que siempre hay que servir a los hermanos y nunca mostrarse superiores a ellos, en una ocasión Jesús echó agua en una palangana y lavó los pies de los discípulos y los secó con una toalla, diciéndoles que si Él, el Maestro y Señor, les había lavado los pies, también ellos debían lavarse los pies unos a otros. Añadió que les había dado un ejemplo de amor y humildad, para que ellos hicieran lo mismo, porque ningún servidor es más que su señor, y ningún enviado es más que el que lo envía (Juan 13:1-17).

En 1 Pedro 5:1-7, el apóstol Pedro exhorta a los ancianos de la iglesia encargados de pastorear, que apacienten a sus congregaciones voluntariamente y no por fuerza; con un corazón dispuesto y no para sacar ganancia deshonesta de los hermanos, como tristemente suele pasar hoy en día, el énfasis desmesurado de muchos pastores que piden continuamente a la congregación la entrega de sus “diezmos y ofrendas para Dios”. También el apóstol enseña que no sean arrogantes asumiendo dominio y control sobre los hermanos, sino que sean un verdadero ejemplo de humildad y respeto hacia ellos.

Un verdadero siervo de Dios vive de forma íntegra y austera, y no se aprovecha en ningún momento de su posición, exigiendo “ofrendas y diezmos” de los creyentes de su iglesia, sino que pone su confianza en el Señor para que Éste, con Su gracia y poder, le cuide y provea cada una de sus necesidades a tiempo (Filipenses 4:15-20).    

El que ostenta un cargo ministerial de pastor debe ser un hermano humilde y servicial, el cual desempeña una función específica de apacentar y enseñar la Palabra de Dios a los nuevos conversos y a los hermanos jóvenes en la fe. No debe ser un hermano envanecido que le gusta exhibirse y ser llamado ‘Pastor’, y recibir un trato especial de parte de los hermanos de su congregación. Este tipo de pastores tienen la tendencia de alardear de sus conocimientos bíblicos y también de predicar con elocuencia y excelencia de palabras o de sabiduría, pero no demuestran el Espíritu de Dios y su poder, el cual debería resplandecer en él en todo momento (1Corintios 2:1-5, 4:17-19).

Esta clase de pastores sin Espíritu suelen predicar a sus congregaciones que “la ganancia económica es equivalente a la espiritualidad y a la divinidad”, y prometen “bendiciones económicas” a todos los hermanos que dan asiduamente sus “ofrendas y diezmos” para el local de reunión que llaman “templo”, así como para sí mismos. La Palabra dice claramente que Dios no habita en templos hechos de mano (Hechos 7:48-50), sobretodo desde el inicio del Nuevo Pacto en Cristo Jesús, para rendirle sacrificios de obras muertas bajo la ley mosaica (Hebreos 9:11-14). Dios vive en los corazones de aquellos creyentes que han recibido su Espíritu en Cristo Jesús, convirtiéndose en piedras vivas de su templo espiritual (1Pedro 2:5), a fin de poder adorarle en Espíritu y en Verdad (Juan 4:20-24), y también transmitir su amor y verdad a los demás (Mateo 5:13-16). (Ver Hebreos 8 y 9, 10:1-25; Romanos 12:1-2; 1Corintios 3:16-17; 1Pedro 1:13—2:5; Efesios 2.)

Precisamente el apóstol Pablo nos exhorta en 1 Timoteo 6:3-11, que la ganancia económica no es señal de ser más piadoso o estar más cerca de Dios. Contrariamente, la piedad con contentamiento es la verdadera ganancia para un creyente, ‘porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar; así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.’ También dice que nos apartemos de esos falsos pastores que ‘quieren enriquecerse materialmente, los cuales caen en tentación y lazo y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en perdición y muerte. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y se traspasaron con muchos dolores.’

El apóstol Pablo se mostró siempre muy humilde y servicial entre los hermanos (1Corintios 2:3), y nunca puso ninguna presión o carga económica sobre nadie cuando predicaba el Evangelio de Cristo, sino que lo ofrecía gratuitamente por amor a los perdidos y a los hermanos de todas las iglesias existentes, hasta el punto que prefería antes trabajar con sus manos confeccionando tiendas que pedir dinero alguno para sus necesidades (Hechos 20:33-35, 18:3; 1Corintios 9). Aunque nunca abusó de su derecho como siervo de Dios para recibir ayuda económica, sin embargo recibió ayuda por parte de ciertas congregaciones con un corazón dispuesto y generoso para suplir sus necesidades básicas, ‘como ordenó el Señor que los que predican el Evangelio, vivan del Evangelio’ (1Corintios 9:14; Filipenses 4:10-20).  

En 2 Corintios 8:9, Pablo escribe que Jesucristo siendo rico se hizo pobre por amor de nosotros, para que nosotros con su pobreza pudiésemos ser enriquecidos. Éste fue siempre el sentir y el ejemplo que dieron los ministros de la iglesia primitiva, de renunciar su reputación y las riquezas materiales para poder enriquecer a los demás en todo (2Corintios 6:1-10). 

En 2 Corintios 11, Pablo denunció a todos los falsos apóstoles y obreros fraudulentos que se infiltran, se aprovechan y confunden a sus congregaciones con un evangelio tergiversado que está basado en la “ganancia material” (1Corintios 6:3-8), a fin de sacarles dinero de forma abundante y continua. En 1 Corintios 4, y a raíz de la infiltración de estos falsos apóstoles y maestros en la iglesia, Pablo escribió que los verdaderos apóstoles son considerados como últimos en importancia y sentenciados a muerte, débiles, pobres y sin morada fija, maldecidos, perseguidos, difamados, la escoria del mundo y el desecho de todos. Hoy en día, lamentablemente van apareciendo en aumento numerosos pastores de iglesia que quieren “subir de rango”, autoproclamándose “Apóstoles” (y hasta “Patriarcas” en algunos casos), para poder llegar a un nivel más reconocido y popular, lo cual les lleva a una vida más arrogante y opulenta, en vez de una vida sencilla y abnegada como la de Jesucristo y sus discípulos.

Un buen siervo o ministro enseñará y llevará a todo creyente a la Palabra de Dios, y no simplemente a la iglesia y así mismo, a fin de que pueda entablar y cultivar una buena e íntima relación con el Padre y Su Palabra a través del Espíritu Santo que habita en él (Juan 4:23-24; 1Corintios 3:16; Judas 20-21). El objetivo es que el creyente llegue a edificarse y fortalecerse en la fe a través de la absorción directa y constante de la Palabra (Romanos 10:17, 12:1-2), y que su vínculo con Dios no dependa de las prédicas de un pastor de iglesia, ya que solamente la Palabra y el Espíritu de Dios pueden hacer crecer lo sembrado por un ministro (1Corintios 3:7-11).

Dios no necesita hoy en día de intermediarios terrenales para que podamos tener un vínculo y comunión íntima con Él, excepto a Jesucristo hombre (1Timoteo 2:5). La Palabra de Cristo es nuestro enlace directo con el Padre, cuando oramos guiados por su Espíritu, el cual nos revela y enseña todas las cosas registradas en las Escrituras (Hebreos 1:1-3; Juan 14:6,26; Romanos 8:26-27; 1Juan 2:27). Por eso debemos conocer bien la Palabra y enamorarnos de Ella, para que podamos conocer la voluntad de Dios para con nosotros y descubrir cuán poderosos somos en Cristo Jesús, aún en medio de toda prueba y adversidad que pudiéramos atravesar. (Ver 1Pedro 2:1-3; Romanos 12:1-2; Colosenses 3:16-17; Gálatas 2:19-20, 3:24-27; 2Corintios 12:9-10).

Dios nos ha hecho libres del pecado, nuevas criaturas, justos, santos, perfectos y completos con todo su poder en Cristo, a fin de que cumplamos con toda pasión y devoción su gran comisión de anunciar el Evangelio de la reconciliación y el Reino de Dios a todos, y de sanar a los enfermos y liberar a los cautivos. (Ver Juan 8:31-36; Gálatas 4:1-7; Romanos 8:11,14-17,28-30, 10:4; 1Juan 4:17; 2Corintios 1:21-22, 5:14-21; Hebreos 10:5-18; 1Corintios 6:9-11; Colosenses 2:6-15; Efesios 2:1-10, 4:17-24; Marcos 16:15-18; Lucas 9:1-6.)

El Señor desea por encima de todo que cada uno de nosotros los creyentes creamos verdaderamente en Él y Su Palabra, y que consecuentemente anunciemos y demostremos el Reino de Dios con su poder milagroso, a fin de que muchos sean sanados y crean que Dios les ama, para que de esta manera podamos cosechar muchas almas —almas que estarán dispuestas a seguirle y llevar a cabo la obra de Dios en todo momento y lugar. (Ver Juan 6:26-29, 14:12, 20:21; Romanos 15:18-19; 1Corintios 2:1-5, 4:20; 1Tesalonicenses 1:2-10; Juan 15:16; Marcos 4:8,20, 8:34-38; Mateo 28:18-20.)