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15 noviembre 2023

Nuestro Legado de Seguir a Jesús

¿Cuáles son las expectativas de Dios para cada creyente que llega a la fe? Aquí exponemos los criterios básicos a seguir para todo creyente que quiere entender y obedecer la Palabra de Dios y ser consecuentemente un verdadero seguidor de Jesús el Mesías.


Creer en la Buena Noticia de Dios acerca de Jesús el Mesías


Dios el Padre glorioso y su divino Hijo Jesús el Mesías nos crearon a su imagen y semejanza para tener estrecha relación y comunión con ellos, siempre y cuando les obedeciéramos, pues nos dieron libre albedrío desde el principio. (Génesis 1:26-31; 2:15-17; Colosenses 1:15-17)


Pero a pesar de la vida maravillosa que nos dieron, fuimos tentados por el maligno y desobedecimos, y fuimos por tanto separados de la gloria y presencia de Dios. (Génesis 3:1-19)


Sin embargo, por su bondad y amor, Dios el Padre nos salvó, no por las acciones justas que nosotros habíamos hecho, sino por su misericordia. Nos lavó quitando nuestros pecados por medio de la sangre derramada y muerte de su Hijo Jesús en la cruz, y nos dio un nuevo nacimiento y vida nueva.


Dios derramó su Espíritu sobre nosotros en abundancia por medio de Jesús nuestro Salvador. Por su gracia nos hizo justos a sus ojos y nos dio la seguridad de que vamos a heredar la vida eterna.  (Romanos 3:21-26; Tito 3:3-7; Hebreos 10:19-22; 1Pedro 1:3-5)


Jesús sufrió, murió y resucitó por amor a nosotros para redimirnos de nuestros pecados y del poder del pecado sobre nosotros que heredamos cuando nacemos.  (Gálatas 3:13-14; 1Corintios 15:3-4; Hebreos 2:14-18; 1Pedro 3:18)


Por eso la Palabra de Dios nos enseña que para ser sanados y liberados de la maldición del pecado, debemos primeramente arrepentirnos y volvernos a Dios. Seguidamente debemos ser lavados de nuestros pecados muriendo a uno mismo y resucitando a una nueva vida en Jesucristo mediante el bautismo en agua. Y por último, debemos recibir en oración el llenado del Espíritu Santo, el cual es la naturaleza gloriosa, la presencia santa y el poder milagroso de Dios nuestro Padre y de Jesús nuestro Señor (Romanos 8:9-11; 1Corintios 2:10-11; 2Corintios 3:16-18; Gálatas 4:4-7).  (Hechos 2:37-39; Romanos 1:16-17; 6:1-11; Gálatas 3:26-29; Colosenses 2:11-15; 1Pedro 3:19-21)


Nacer de nuevo para ver el Reino de Dios


Jesús dijo que para entrar en la dimensión espiritual del Reino de Dios debemos nacer de nuevo por medio del bautismo en agua cuando nos arrepentimos y volvemos a Dios, y también del llenado del Espíritu mismo de Dios que nos da vida.  (Mateo 3:11; Juan 3:1-8; Romanos 8:1-4; Tito 3:3-7; Jeremías 31:33-34; Ezequiel 36:25-27)


Sin embargo, no muchos creyentes entienden lo que verdaderamente significa la palabra ARREPENTIMIENTO. Jesús y los Apóstoles dejaron bien claro que debemos arrepentirnos primero antes de ser bautizados en agua para poder lavarnos de los pecados.  (Hechos 2:38; 3:19; 20:20-21)


Jesús se bautizó en agua, como nosotros los creyentes lo hacemos cuando morimos y enterramos nuestro ego pecaminoso, y recibimos a Jesús y lo hacemos el Dueño y Señor de nuestra vida. Pero sin embargo a diferencia de nosotros, Él nunca cometió pecado alguno. Entonces ¿por qué se bautizó? ¿Para simplemente darnos un ejemplo? Lo hizo por una razón más profunda y muy precisa. De hecho, justo antes de ser bautizado por Juan el profeta, Él tuvo que “arrepentirse” de algo. Por supuesto no tuvo que arrepentirse de ningún pecado, pues había nacido sin pecado.


Pero la palabra ARREPENTIMIENTO no significa solamente que uno se aleja de toda acción pecaminosa, sino también que se entrega y consagra enteramente a hacer la voluntad de Dios el Padre. De hecho, la palabra bíblica original de arrepentimiento en griego es METANOIA, que significa: un cambio completo de dirección o trayectoria.


Así que Jesús estuvo dispuesto a consagrarse para dejar atrás su buena reputación delante de los hombres. Él había sido una persona íntegra y respetuosa de sus padres, un excelente carpintero, así como un gran conocedor de las Sagradas Escrituras y fiel practicante de la Ley mosaica. Él tuvo que renunciar a su buena reputación delante de los hombres. (Lucas 2:45-52; Mateo 13:53-58; Marcos 6:1-6)


En el bautismo en agua, Jesús renunció totalmente a ser simplemente el hijo de José y de María. Él renunció a ser un carpintero respetado por sus familiares, conocidos y conciudadanos. En ese momento se consagró a revelar la verdad acerca de su identidad como Hijo de Dios, declarado abiertamente por la voz audible de su Padre en el cielo; y también como el Cordero de Dios que debía derramar su sangre al final de su ministerio, declarado abiertamente por Juan el profeta.  (Mateo 3:13-17; Juan‬ ‭1:29‭-‬34‬; 1Juan ‭5:6‭-‬8‬)


En el bautismo en agua, Jesús decidió cumplir su rol de revelar su verdadera identidad, por medio de enseñanzas y del poder de milagros, que Él era realmente el Mesías y el Hijo de Aquél quien lo había enviado –Dios su Padre. Él sabía que iba a padecer gran y constante persecución –por declarar que Él era la única Verdad y el único Camino para llegar al Padre–, y que iba a morir cruelmente en la cruz por los pecados de la humanidad.  (Lucas 4:1-30; Juan 5:16-30; 14:6-11)   


Jesús se sometió a obedecer y a cumplir la voluntad de Dios su Padre, aceptando el reto de padecer y sentir angustia por nosotros, pues debía ser martirizado y morir cruelmente tres años después al final de su ministerio. ¡Qué ejemplo para nosotros de darlo todo sin reparo ni condición alguna por amor a su Padre y a nosotros!  (Hebreos 5:7‭-‬10‬; ‭10:3‭-‬10‬)


Ser llenado del poder del Espíritu Santo para servir a Dios 


Justo después de que Jesús fuera bautizado en agua, su Padre le envió el Espíritu Santo para que recibiera el ungimiento y el poder para llevar a cabo su misión y ministerio de predicar el Reino de Dios y de sanar a los enfermos y de hacer discípulos y de morir por nuestros pecados. El Padre le llenó completamente de su Espíritu y poder por haberse consagrado a revelar la verdad de la Palabra y voluntad de Dios, y a estar dispuesto a sufrir y a morir por la humanidad.  (Mateo 3:16-17; Lucas 4:14-22; Hechos‬ ‭10:38‬)


Éste es el precio que Jesús tuvo que pagar para poder recibir el don del Espíritu Santo: completo arrepentimiento, muerte a sí mismo en el bautismo en agua, y sumisión total y obediencia plena para servir a Dios su Padre.  


También los discípulos de Jesús se entregaron de lleno y estuvieron dispuestos a padecer persecución y hasta morir como mártires por su nombre y por compartir el Evangelio. Y debido a ello, recibieron el llenado del poder del Espíritu de Dios para poder ser testigos de Jesús, y continuar así la obra y el ministerio que Él había comenzado. (Hechos 1:4-5,8; 2:1-21,37-41; capítulos 9 y 10; 19:1-7)


De la misma manera, si queremos recibir el poder de Dios para ser auténticos seguidores y embajadores de Jesús, debemos entregarnos plenamente a él y estar dispuestos a sufrir persecución, e incluso morir, por su nombre y por anunciar el Evangelio, desde el momento en que somos bautizados en agua.  (Marcos 8:34-38; Romanos 6:1-11; 2 Corintios 5:14-21)


Tener comunión íntima con Dios y con Jesús


Jesús nos mostró dando ejemplo acerca de la importancia de santificarse a sí mismo al pasar tiempo diario de comunión con su Padre en adoración y oración, y escuchando la voz de su Palabra.  (Mateo 6:5-13; 22: 36-38; 24:35; Marcos 1:35; Lucas 5:16; 6:12; 10:38-42; 11:1-13; Juan 4:23-24)


El diablo tentó a Jesús que interrumpiera su oración y ayuno, y convirtiera las piedras en trozos de pan. Pero Jesús le reprendió con una Escritura diciendo que no solo de comida física vivirá el ser humano, sino de cada Palabra que sale de la boca misma de Dios.  (Mateo 4:1-4; Deuteronomio 8:3)


Jesús dijo a la multitud que Él es el Pan y la Palabra de Vida que vino del Cielo, y que derramaría el Agua Viva o el Espíritu Santo de Vida a todos aquellos que creyeran en Él y le siguieran a Él. Dijo que si comemos la comida espiritual de su Palabra y bebemos la bebida espiritual de su Espíritu continuamente, permaneceremos entonces en Él y Él en nosotros, y así viviremos para siempre.  (Juan 1:14; 6:26-65; 7:37-39; 8:31-32; 15:1-8; 17:1-3, 13-19)


Por eso debemos tener también comunión diaria con Jesús y con Dios, para que podamos santificarnos y conocerlos a ambos personalmente. Y la manera de santificarnos y renovar nuestra mente que Dios nos ha mostrado es por medio de la oración en su Espíritu –mostrando gratitud, cantando y alabando y adorando, orando en lenguas–, y de la meditación en las maravillosas promesas de su Palabra registrada en la Biblia. Es recomendable que pasemos un mínimo de dos horas diarias de comunión íntima de alabanza y oración a Dios, y de meditación en su Palabra, preferiblemente temprano en la mañana.  (Josué 1:8; Job 23:12; Salmo 1:1-3; 37:4-5; 119:11, 89, 105; Jeremías 15:16; Romanos 8:1-17; 12:1-2; 1Corintios 1:9; 2:9-16; Filipenses 2:14-16; 2Timoteo 2:15; 3:14-17; Hebreos 4:14-16; 10:19-22; 1Pedro 2:1-2; 2Pedro 1:19-21; 1Juan 1:1-3; Judas 1:20-21; Apocalipsis 3:20)


El objetivo es llenarnos cada día del Espíritu de Dios en oración (como Jesús enseñó a sus discípulos en Mateo 7:7-11 y Lucas 11:1-13).  Debemos pedirle a Dios diariamente recibir más de su naturaleza gloriosa (como se describe Éxodo 34:6 y Salmo 86:15, y en Isaías 11:2).  Además, debemos buscarlo para poder encontrarlo y caminar en su santa presencia mostrando el fruto del Espíritu (como se describe en Gálatas 5:22-23).  Y por último, pero no menos importante, debemos tocar las puertas de su poder milagroso para recibir los dones del Espíritu y liberarlos sobre otros (como se describe en 1 Corintios 12:1-11).  (Hechos 4:23-31; Efesios 1:15-23; 3:14-19)


Tenemos que dejar que el Espíritu de amor y de compasión de Jesús nos llene y tome control de nosotros al comenzar el día. Tenemos que vestirnos cada día de la armadura de la Luz y la Palabra Viviente, que es Jesucristo, nuestro Señor.  (Romanos 13:11-14; Efesios 5:20-24; 6:10-18)


Como hijos de la Luz debemos vivir en santidad, porque Dios es santo y sin santidad nadie podrá ver al Señor.  (1Tesalonicenses 5:1-11; Hebreos 12:14-17; 1Pedro 1:13-21)


Jesús es ahora nuestra vida y nos ayudará a alejarnos de todo pensamiento pecaminoso de la vieja naturaleza humana, siempre que permanezcamos en Él orando en su Espíritu y absorbiendo su Palabra registrada en la Biblia. Además, Él nos llenará de su luz y amor compasivo para poder amar, compartir nuestra fe e incluso sanar a las personas que nos rodean.  (Colosenses 3:1-11; Efesios 4:17-31; Filipenses 2:12-18; 1Juan 3:1-10)


Obedecer el llamado de Jesús como seguidores suyos


Jesús dedicó y sacrificó su vida entera durante su ministerio a sanar enfermos, a liberar oprimidos, a predicar la Buena Noticia del Reino de Dios, y a enseñar a las multitudes que le seguían.  (Mateo 4:23; 8:16‭-‬17‬; 9:35)


Él preparó fielmente a sus discípulos para que realizaran lo mismo que Él hacía en vida, para que pudieran continuar la obra una vez hubieran recibido el llenado del Espíritu de Cristo resucitado.  (Lucas‬ ‭9:1‭-‬2‬; Juan 4:31-38; Hechos‬ ‭1:8‬)


Él nos mostró a todos nosotros sus seguidores el verdadero propósito de su sacrificio, muerte y resurrección. No lo hizo simplemente para salvarnos del pecado y de la condenación, sino también para que fuéramos una luz en este mundo –predicando el Reino y el Evangelio, sanando a los enfermos y liberando a los cautivos con poder, bautizando y haciendo discípulos en todo momento y lugar.  (Mateo 5:14‭-‬16‬; 28:18-20; Marcos 16:15-20; Lucas 10:1-18; Juan‬ ‭14:12‭-‬13; ‬Romanos 15:17-21; 1Corintios 2:1-5)


Nosotros los creyentes, y no solo los apóstoles y los evangelistas, tenemos la responsabilidad delante de Dios de compartir nuestra fe con los demás y de guiarlos a Cristo. Debemos aprovechar cada oportunidad para evangelizar individualmente a toda persona alrededor. Este es el llamado para todo hijo e hija de Dios que quiere seguir a Jesús de todo corazón.  (Hechos capítulos 6-9; 9:1-19; 11:19-26; 21:8-9; Filipenses 1:12-18; 1Tesalonicenses 1:2-10)


Seguir el MODELO de Cristo


Jesús no sólo es nuestro Señor y Salvador, sino también nuestro MODELO a imitar y a seguir como Hermano MAYOR nuestro, pues Él es el Hijo MAYOR de Dios nuestro Padre.  (Romanos‬ ‭8:28‭-‬29‬)


De la misma manera que el Padre estaba en Jesús por medio de su Espíritu y lo revelaba a los demás, ahora Jesús está en nosotros por medio del Espíritu Santo y quiere que lo revelemos a los demás a nuestro alrededor en cada oportunidad.  (Juan‬ ‭12:44‭-‬45; ‬14:10‭-‬11‬; Gálatas‬ ‭2:20‬; 2Corintios‬ ‭3:16‭-‬18‬; 4:5‭-‬6‬)


Dios envió a su Hijo Jesús al mundo para que a través de su mensaje y sacrificio pudiéramos ser reconciliados con Dios. Ahora nosotros, como embajadores de Cristo, debemos anunciar el Evangelio a los demás, a fin de reconciliar a muchos con Dios.  (Romanos capítulo 5; 2Corintios 5:14-21)


Hacer la voluntad de Dios de seguir a Jesús


¿Estamos consagrando nuestra vida a amar y a obedecer a Dios siguiendo el MODELO de su Hijo Jesucristo, el cual fue un verdadero ejemplo de amor, de sumisión y de obediencia a Dios su Padre celestial? 


¿Hemos comprendido el significado verdadero de la palabra ARREPENTIMIENTO, que significa un cambio completo de dirección? 


¿Estamos dispuestos a darlo todo y sin reservas al Señor para seguirle y obedecer sus mandatos de compartir el Evangelio a toda persona alrededor, sanar a los enfermos, bautizar a los que se arrepienten, y prepararlos en la fe y para la obra del ministerio?


¿Estamos dispuestos a firmar una hoja de papel en blanco para comprometernos a seguir los pasos y las instrucciones precisas de Jesús, nuestro Dueño y Señor, y cumplir así la perfecta voluntad de Dios, nuestro Padre celestial?


Jesús nos enseñó a seguir sus mismos pasos, pues Él es el verdadero ejemplo de amor, de sumisión y de obediencia a Dios nuestro Padre celestial. Él nos enseñó a amar al Padre con todo nuestro corazón y a amar a los demás como nos amamos a nosotros mismos. De hecho, amamos a Dios y a su Hijo cuando tenemos comunión diaria con ellos, y también cuando tenemos comunión y nos ayudamos unos a otros como creyentes. Y por supuesto, cuando también amamos y ayudamos en cada oportunidad a los no creyentes que nos rodean.  (Mateo 22:36-40; 25:31-46; Marcos‬ ‭8:34‭-‬38‬; Lucas 10:25-37; Juan‬ 13:34-35; ‭14:23‭-‬24‬; Colosenses‬ ‭2:6‭-‬7‬; Santiago‬ ‭1:22‭-‬25‬; ‭2:14‭-‬20‬; 1Juan‬ 1:1-3; ‭2:3‭-‬6‬; 3:16‭-‬19‬)


La iglesia es la familia espiritual de Dios y de Jesús 


La iglesia no es un edificio ni tampoco una simple reunión semanal. La iglesia o "Ecclesia" son los miembros del cuerpo de Cristo, los llamados a salir de este mundo. La verdadera iglesia es la Familia y el Templo de Dios formado por piedras vivas que adoran a Dios en unidad, y muestran la verdadera Luz de Jesús a otros en todo momento y lugar.  (Efesios 2:19-22; 1Pedro 2:4-12)


La iglesia no es tampoco una institución o club social en el que se reúnen los creyentes para simplemente oír a un líder hablar y para cumplir con la tradición de congregarse semanalmente. Por supuesto, congregarse es bueno y necesario, pero no es suficiente para poder cumplir los requisitos y mandatos de Cristo.  (Hebreos 10:23-25)


De hecho, la iglesia es la comunidad de creyentes nacidos de nuevo de agua y del Espíritu, quienes a la vez tienen una relación íntima y personal con Dios y con Jesús, y viven en familia. Se ven muy a menudo, se relacionan con amor genuino, y se ayudan mutuamente tanto en lo físico como en lo espiritual, con la finalidad de hacer avanzar el Reino. La iglesia es en realidad la familia espiritual de Dios, formada por seguidores que obedecen de todo corazón el llamado de Jesús, el cual consiste en amar a Dios y a los demás hermanos y hermanas, y en compartir la fe con los perdidos en cada oportunidad.  (Hechos 2:42‭-‬47‬; ‭4:32‭-‬37‬; Romanos‬ ‭12:9‭-‬21‬; Efesios‬ ‭‭2:19-22; 4:11‭-‬32‬; 5:15‭-‬20‬; Colosenses‬ ‭3:12‭-‬17‬; 1Timoteo‬ ‭3:1‭-‬13‬; 1Pedro‬ ‭5:1‭-‬11‬)


Amarse unos a otros como el Señor nos amó


Jesús nos enseñó a obrar con amor sacrificado y compasión hacia los hermanos de la familia de la fe. 


Los hermanos ancianos en Cristo con dones de liderazgo, los cuales trabajan unidos unos con otros, en ningún momento deben mostrarse superiores ni tampoco deben ejercer control sobre los demás. En cambio, deben ser servidores y preparadores que equipan a los demás con verdadero amor y humildad, para que todos los creyentes se acerquen personalmente al Señor y su Palabra, y puedan así realizar la obra de Dios, pues solo Jesús es nuestro verdadero Líder y Señor y Maestro.  (Mateo 23:8-12; Marcos 10:41-45; Juan 13:34-35; 15:9-13,16; Romanos 12:3-21; 1Corintios 3:1-11,21-23; Gálatas 6:9-10; Efesios 4:11-16; Filipenses 2:1-11; Colosenses 3:12-17; 1Pedro 1:22-25; 5:1-7; 1Juan 3:11-18)


La Cena del Señor y el compañerismo entre creyentes 


Jesús es la Cabeza de la iglesia, y consecuentemente Él es nuestro verdadero Pastor y Salvador. Por eso, debemos recordar el sacrificio que hizo por nosotros cada vez que nos reunimos y comemos juntos. Comer juntos es necesario y vital cuando nos congregamos, para que así podamos experimentar verdadera comunión con el Señor y entre nosotros los creyentes.  (1Juan 1:1-3)


Como el Apóstol Pablo recibió del Señor y nos enseñó en 1 Corintios 11:23-26, debemos partir el pan, el cual representa el cuerpo de Jesús que fue entregado en sacrificio para darnos vida, y comerlo juntos como miembros de su cuerpo en honor y memoria de Él. Y al final de la comida, debemos beber de la copa que representa la nueva alianza entre Dios y nosotros, un acuerdo confirmado por la sangre y muerte de Jesús. 


Algo muy importante a tener en cuenta es que cada vez que partimos y comemos el pan y bebemos de la copa, nos comprometemos a comer el cuerpo o la carne espiritual de Jesús que es el Pan Vivo y la Palabra de Vida que vino del Cielo (Juan 6:47-51; 1Juan 1:1-2). También nos comprometemos a beber su sangre espiritual que es el Agua Viva y el Espíritu de Vida que emana de Él (Juan 7:37-39; Romanos 8:1-2).


Cuando meditamos en la Palabra de Dios, estamos en realidad comiendo su carne espiritual. Y cuando oramos en el Espíritu de Dios, bebemos su sangre espiritual. Si hacemos esto diariamente, entonces permanecemos unidos a Él y obtenemos la vida eterna (Juan 6:53-58). 


Cuando celebramos la Cena del Señor, nos comprometemos también a sufrir persecución y a morir literalmente por el nombre de Jesús y por compartir el Evangelio, si llegase la situación, hasta que Él venga. ¡Aleluya!  (Lucas 22:19-20; 23:28-35; Juan 6:26-65; Hechos 2:42; 1Corintios 10:16-17; 11:17-34)


El propósito de las reuniones de la iglesia en casa


Una vez que hemos comido el pan y bebido de la copa juntos, debemos entonces orar y dar gracias a Dios con cantos de alabanza y adoración. Debemos orar intercediendo por los perdidos y por los hermanos en Cristo. También debemos recibir guía profética en oración, y compartir su Palabra unos con otros para edificación. Y lo más importante, debemos orar y planificar juntos cómo poder avanzar el Reino de Dios, predicar el Evangelio y sanar a los enfermos durante la semana, pues éste es el llamado de todo seguidor de Jesús.  (1Corintios‬ ‭14:26‬; Efesios 5:18-20; 6:18-20; Colosenses 3:16-17; Hebreos‬ ‭10:23-‬25)


Las reuniones de la iglesia en casa deben ser reuniones vibrantes donde se congregan los hermanos de la fe, los cuales están llenos de la luz de la Palabra Santa y del fuego del Espíritu Santo, comen juntos y celebran la Cena del Señor, se edifican mutuamente, oran unos por otros y también por las almas perdidas a nivel local y a nivel mundial. 


Si cada creyente se conecta diariamente con el Señor y es un hacedor de la Palabra y no tan solamente un oidor, entonces cuando se congregue con la iglesia, esa reunión va a ser una verdadera explosión de vida y un avivamiento lleno del poder del Espíritu Santo.  (Hebreos 5:11-14; Santiago 1:22-25)


La finalidad de tener compañerismo es para que esa luz y ese fuego del Señor no se quede tan solo en cuatro paredes, sino que cada miembro de la iglesia lo propague por todos lados alrededor.


El tamaño y la reproducción de las iglesias en casa 


Se recomienda que el número de miembros de una iglesia o comunidad de creyentes no sea superior a doce. La razón para descentralizar y no ampliar la comunidad es para que los creyentes puedan seguir participando activamente en las reuniones y convertirse en líderes obreros. Si la comunidad excede el número de doce miembros, entonces es aconsejable dividirse en dos iglesias en casa, que estén unidas en Espíritu y trabajen juntas para hacer avanzar el Reino en la región. De esta manera, los creyentes se animarán unos a otros a evangelizar y sanar a los enfermos en cada oportunidad, y a hacer nuevos discípulos para incluirlos en su comunidad, y así sucesivamente.


También es aconsejable que los creyentes seguidores de Cristo no se enrollen en proyectos y actividades laborales que no excedan más de 20 horas a la semana. La razón de ello es para que puedan dedicar otras 20 horas semanales para buscar y hacer avanzar el Reino y compartir la Buena Noticia de Dios acerca de su Hijo Jesús. 


Vida Comunitaria


En la medida posible, es primordial que los creyentes se pongan de acuerdo en vivir juntos en la misma vivienda para compartir los gastos del alquiler, las utilidades, la comida y el transporte, como los creyentes de la Iglesia Primitiva solían hacer (ver Hechos 2:42-47 y 4:32-37). Igualmente, de esta manera, los discípulos de este hogar comunitario podrán ayudarse mutuamente con los quehaceres diarios (incluyendo el cuidado infantil). Y sobretodo, ellos podrán orar juntos por la cosecha de almas perdidas, y también organizarse para salir a evangelizar de dos en dos, a fin de alcanzar a los perdidos y orar por ellos en todas partes y en cada oportunidad.


Seguir a Jesús para recibir la corona de justicia, de gloria eterna y de vida


La corona de justicia, de gloria eterna y de vida (ver 2 Timoteo 4:8, 1 Pedro 5:4 y Apocalipsis 2:10) es en realidad el cuerpo glorioso de resurrección, y se otorgará solamente a los vencedores, a los creyentes que se santifiquen y obedezcan fielmente los mandatos de Dios, cuando el Señor Jesús regrese.  (Gálatas 5:16-26; Hebreos 12:14-17; 1Pedro 1:13-20; Apocalipsis 21:5-8; 22:10-15)


Se otorgará a los que se relacionen y conozcan personalmente a Dios el Padre y al Señor Jesús, al meditar fielmente en las Escrituras y orar íntimamente en el Espíritu de Dios de forma cotidiana, y por tanto llenándose fielmente del Espíritu Santo.  (Mateo 25:1-13; Juan 17:3)


Se otorgará a los que renuncien a todo, incluyendo lazos familiares infructuosos; a los que sean fieles anunciando el Evangelio, sin vergüenza ni temor, a las almas perdidas y en cada oportunidad; y también a los que padezcan toda clase de rechazo, persecución, prisión, tortura y hasta martirio por ser seguidores activos y fieles de Jesús.  (Mateo 10:16-39; 25:14-30; Marcos 4:1-20; 8:34-38; 10:17-31; Lucas 14:33; Juan 12:25-26; Romanos 10:5-15; 2Corintios capítulo 4)


Se otorgará a los que amen y ayuden desinteresadamente y en cada oportunidad a los hermanos en Cristo necesitados con alimento, bebida, hospitalidad, sustento, asistencia sanitaria, visitas en la cárcel, oraciones fervorosas, y mucho más.  (Mateo 25:31-46; 1Juan 4:7-21)


Solo los vencedores, es decir, los que abandonan completamente los apetitos pecaminosos de la carne y reconocen su nueva naturaleza divina e identidad en Jesús, y le obedecen hasta el final de sus vidas, van a tener derecho a la primera resurrección. Sólo los vencedores obtendrán la recompensa de la corona de vida o cuerpo glorificado que Dios ha prometido a los que le aman de verdad y esperan la venida de su Hijo. ¡Solamente los vencedores reinarán con Jesús sobre toda la Tierra durante 1000 años!  (1Corintios 9:24-27; 15:12-58; Filipenses 3:7-21; 1Tesalonicenses 4:13-18; 2Timoteo 4:6-8; Santiago 1:12-15; 1Pedro 5:1-4; Judas 1:17-23; Apocalipsis 2:7,10-11,17,26-28; 3:5,11-12,21; 20:4-6)


¡Démoslo todo a Dios, y así cumplamos nuestro legado de seguir a Jesús de todo corazón! Amén.


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29 enero 2015

“Edificándoos…, orando en el Espíritu Santo” (Judas 20)


LA DINÁMICA DE LA ORACIÓN EN LENGUAS DEL ESPÍRITU DE DIOS PARA NUESTRA EDIFICACIÓN PERSONAL

Una vez que hemos nacido de nuevo --al bautizarnos en agua en Jesucristo y al recibir la llenura de poder del Espíritu de Dios--, debemos entonces renovar nuestra mente continuamente con la Palabra de Dios y orar en lenguas guiadas por el Espíritu Santo, para que podamos fortalecernos personalmente, soltando nuestra lengua a voluntad propia durante nuestro tiempo de comunión íntima con Dios el Padre celestial y con su Hijo Jesucristo (Juan 14:15-18; 1Juan 1:3). 

De esta manera se activará la poderosa dinámica de la comunión del Espíritu del Hijo de Dios, el cual intercede al Padre por nosotros conforme a la voluntad de Dios (Gálatas 4:4-7; Romanos 8:26-27,34). 

(Ver Juan 3:1-21; 4:20-24; 14:16-17; Hechos 1:8; 2:1-4; 10:44-48; 19:1-7; Romanos 12:1-2; 1Pedro 2:1-5; 2Tesalonicenses 2:13-14; 2Timoteo 1:6-7; Hebreos 2:14-18; 4:14-16; 5:5-10; 7:15-28; 2Corintios 13:14; Efesios 6:18; Judas 20-21; Proverbios 20:27.)

A través de la constante oración en lenguas celestiales, el Espíritu de Dios nos revela la verdad y comprensión de su Palabra, así como el plan y llamamiento divino para nuestras vidas. 

(Ver Juan 14:26; 15:1-8; 16:13-15; 17:17-19; 1Juan 2:20,27-29; 1Corintios 2:6-16; 14:1-4,18-19.)

Además y mediante el fuego purificador de su Espíritu, Dios mortifica todo pensamiento pecaminoso de nuestra vieja naturaleza que quisiera retornar y dominar, y nos rehace a la imagen divina y amorosa de Jesucristo, en la medida que vamos recibiendo, comprendiendo, conociendo y compartiendo su poderosa Palabra y Espíritu de amor abnegado con los demás. 

(Ver Mateo 3:11-12; Marcos 2:18-22; 1Pedro 1:22-25; 1Juan 3:1-9; 5:18; Juan 15:9-16; 17:10-26; Romanos 5:1-5; 6:12-14; 8:1-30; 12:1-2; 2Corintios 3:16-18; Hechos 20:32; Efesios 4:22-25; 6:10-17; Colosenses 3:1-17; 2Corintios 5:14-21; Efesios 3:14-21; Hebreos 10:19-25; 1Corintios 13.) ◘



27 enero 2015

"No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6:24)

 
Podemos ver hoy en día que la fe y la visión de la iglesia actual difiere mucho de la fe y la visión de la iglesia primitiva, la cual era muy vibrante y activa, y estaba llena del Espíritu de Dios y de frutos de almas. Por lo contrario, la iglesia actual se enfoca principalmente en lo que concierne a la prosperidad económica, y no tanto en ganar almas en todo momento y en todo lugar.

Los líderes actuales se justifican diciendo que vivimos en tiempos diferentes, y que de todas maneras Dios está aún interesado en la adquisición de riquezas, poniendo como ejemplo a Abraham o a Job, los cuales Dios había bendecido materialmente, y que por tanto la adquisición de bienes materiales no va en contra del mensaje bíblico.

Los miembros de la iglesia actual siguen a un pastor que supuestamente es “conocedor de la verdad”, el cual promueve la fiel asistencia al templo que llama “iglesia”, donde el mensaje primordial gira en torno del “dar diezmos y ofrendas a Dios”, prometiéndoles a cambio estabilidad económica y material, a fin de poder vivir una vida de bendición y de confort. 

Cuando en realidad el pastor debería promover una vida de discipulado activo para preparar líderes obreros que divulguen el Evangelio por todo lugar, y para que los demás miembros se animen sustentar a estos misioneros, así como a las familias más pobres de la congregación, y también a barrios pobres de la ciudad. Debería enseñarles a no dar simplemente el diezmo (el diez por ciento) de sus ingresos a la iglesia, sino a dar el máximo posible, hasta que todos puedan llegar a dar el noventa por ciento de sus ganancias, no como algo impuesto sino como ofrenda voluntaria, para que sean prosperados en todo (2Corintios capítulo 9). Éste es el auténtico espíritu de renuncia a todo y del verdadero discipulado.

Según las Escrituras y bajo el Antiguo Pacto, el diezmo era el diez por ciento de las ganancias donado por solo aquellos que tenían granjas de animales y tierras de cultivos en Israel. Este diezmo era separado y entregado solo en comida, y no en dinero como las ofrendas para el templo, para poder alimentar a los levitas y a los sacerdotes que no disponían de heredad alguna. Este diezmo en alimentos también era destinado para alimentar a los extranjeros, las viudas y los huérfanos que vivían en Israel.

Pero ahora bajo el Nuevo Pacto en Cristo Jesús, Dios nos pide que lo demos todo; y no solo el hecho de congregarse en un templo y donar un diezmo para cumplir. Él quiere que le sirvamos de todo corazón, y/o que invirtamos nuestro dinero en su Obra, a fin de hacer avanzar su Reino y consecuentemente ganar almas, por todo lugar y lo más rápidamente posible. De hecho cuando nacemos de nuevo, Dios no se interesa tanto en nosotros como se interesa en los perdidos. Éste debe ser nuestro único objetivo y la verdadera razón de nuestra existencia como hijos de Dos.

Esta actitud errónea de interés desmesurado por lo material es opuesta diametralmente al mensaje que Jesús nos había hablado de renunciar a todas las cosas de este mundo y a nuestra propia voluntad, que nos distraen y frenan para poder seguirle como discípulos entregados y consagrados.

La iglesia actual debería enfocarse en seguir el ejemplo de Jesús en cuanto a su vida de renuncia y de entrega total a Dios su Padre. Debería vivir una vida más austera y de sacrificio, y de consagración a Dios y a su gran obra evangelizadora. Jesús enseñó una y otra vez acerca de la importancia de renunciar a todo deseo obsesivo por lo material, a fin de poder seguirle y obedecer la comisión de todo hijo(a) de Dios. Que es, ir a predicar el Evangelio de Redención en Cristo y manifestar el Reino celestial a toda criatura, para que llevar fruto de almas para Dios que a su vez le sirvan a Él. (Ver Lucas 14:25-35; Marcos 16:15-18; Mateo 28:19-20.)

¿Qué dicen las Sagradas Escrituras al respecto?

Si estudiamos bien la vida y el mensaje de Jesús en los cuatro Evangelios, y los Hechos y las Epístolas de los apóstoles, descubriremos que las riquezas materiales mencionadas en el Antiguo Testamento pasan prácticamente desapercibidas y a un segundo plano. Por el contrario, se enfatizan las riquezas espirituales de entrega a Dios y de servicio a los demás por medio de Jesucristo y su Espíritu en nosotros (Romanos 12:1-2; 1Corintios 3:16).

Jesús se enfrentó a las mismas tentaciones que el Diablo tienta a tantos creyentes hoy en día, cuando estaba en el desierto justo en el comienzo de su ministerio, cuando el adversario de Dios le ofreció la potestad sobre todos los reinos de la tierra y sus riquezas materiales, la cual había recibido en el momento que Adán, el primer hombre creado, pecó y cayó en maldición; convirtiéndose así en el príncipe y dios de este mundo (Juan 12:31, 14:30, 16:11; 2Corintios 4:4). Sin embargo Jesús resistió bien al diablo y a la tentación, reprendiéndole con convicción y con la autoridad de la poderosa Palabra de Dios:

“Y le llevó el diablo a un monte alto, y le mostró en un momento de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me es entregada, y a quien quiero la doy. Si tú, pues, me adorares, todos serán tuyos. Y respondiendo Jesús, le dijo: Quítate de delante de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás.” (Lucas 4:5-8)

También el diablo tentó a Jesús con hacerle demostrar su poder como Rey cuando estaba detenido delante de Pilato al interrogarle acerca de su realeza y autoridad. Pero no transigió en su cometido ni desobedeció la voluntad del Padre, sino que voluntaria y sufridamente se entregó por amor a  todos nosotros: 

“Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?...Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero ahora mi reino no es de aquí. Pilato entonces le dijo: ¿Acaso, eres tú rey? Jesús respondió: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.” (Juan 18:33-37)

Jesús declaró y enfatizó en otro pasaje acerca de la importancia de negarnos a nosotros mismos y de renunciar a todo, incluyendo nuestro bienestar y la vida material, a fin de que pudiéramos llevar fruto para Dios:

“Y llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por causa de mí y del evangelio, éste la salvará. Porque ¿qué aprovechará el hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación perversa y adúltera, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.” (Marcos 8:34-38)

En otras palabras, ¿de qué sirve al hombre aguar su fe para obtener ganancia económica y material a fin de ser bien visto y aceptado por la gente del mundo, y pierde su alma? ¿Y cuánto dinero podrá pagar el hombre por su alma? Tenemos que darnos cuenta que la razón por la que Cristo vino a la Tierra no fue para que nos concentráramos en nuestras necesidades, sino más bien en olvidarnos de nosotros mismos completamente y volcarnos a Dios para servirle a Él y a los demás, con todas nuestras fuerzas (Marcos 12:28-34).

Jesús declaró una vez a sus discípulos que difícilmente un rico iba a entrar en el Reino del Cielo, a menos que se desprendiera y donara todas sus riquezas a los pobres y necesitados, a fin de poder seguirle a Él. Así lo expresó a sus discípulos, después que un hombre rico le había preguntado qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Este hombre había obedecido fielmente la ley de Dios desde muy joven, pero cuando Jesús le animó a deshacerse de todas sus riquezas para dárselas a los pobres a fin de que tuviera riqueza en el Cielo y pudiera seguirle, se entristeció y no las renunció porque tenía mucho que renunciar. En vez de convertirse en un instrumento útil para Dios y ser verdaderamente libre y rico en espíritu, prefirió no deshacerse de su mentalidad y entorno carnal, a fin de continuar con los placeres temporales de la vida y las cosas que podía ver y palpar con sus manos. (Ver Lucas 18:18-30.)

Veamos ahora lo que también Jesús expresó una y otra vez en diferentes pasajes con relación a  las engañosas riquezas materiales y los auténticos valores espirituales:

En Mateo 6:19-21 y Lucas 12:33-34 dice que vendamos lo que poseemos y demos limosna a los pobres; que no atesoremos riquezas aquí en la Tierra, donde la polilla destruye y las cosas materiales se echan a perder, y donde ladrones entran a robar. Sino que atesoremos riquezas en el Cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan a perder ni los ladrones entran a robar. Pues donde esté nuestra riqueza, allí estará también nuestro corazón —dando a entender que las riquezas materiales no son compatibles con el Reino de Dios, y que consecuentemente no deben ser nuestra prioridad ni nuestro objetivo ni nuestra razón de existir.

En Mateo 6:22-23 dice que nuestros ojos son la lámpara del cuerpo, y que si ponemos nuestra mirada en las cosas celestiales, nuestro cuerpo tendrá luz. Pero si nuestros ojos apuntan a las cosas materiales que nos atan, todo nuestro cuerpo estará en oscuridad. Y si la luz que hay en nosotros resulta ser oscuridad, ¿qué luz vamos a irradiar?

En Mateo 6:24-34 dice que nadie puede servir a dos señores o amos diferentes, porque odiará a uno y querrá el otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. Es decir, que no podemos servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo, porque es imposible amarle y servirle a Él de todo corazón, si ponemos nuestra mirada en lo material o económico y el bienestar de uno mismo. No podemos afanarnos en trabajar demasiado a fin de ganar y acumular dinero, como consecuencia de no creer que Dios puede suplir lo necesario, mientras descuidamos lo más importante: que es buscar primeramente todo lo que atañe al Reino de Dios y su justicia. Jesús nos asegura que si tenemos fe en Dios y buscamos su Reino, no dejará de suplirnos milagrosamente el sustento necesario para que podamos servirle y seguirle Él.

En Marcos 4:7,18-19 dice que muchos creyentes son como la semilla sembrada entre espinos, que oyen la Palabra, pero los negocios de esta vida presente les preocupan demasiado, el amor por las riquezas les engaña, y solo piensan en poseer todas las cosas materiales posibles. Todo esto entra en sus corazones y apaga su fe en la Palabra, impidiéndoles obedecer la gran comisión de amar y llevar fruto de almas para Dios (Mateo 28:19-20).

En Lucas 12:13-21 dice que tengamos cuidado de no ser avaros y codiciosos, porque la vida no consiste en poseer muchas cosas o posesiones, ni en invertir dinero para hacerse todavía más rico.

En Lucas 12:22-32 dice que no debemos preocuparnos por lo que hemos de comer para vivir, ni por la ropa que necesitamos para el cuerpo. Si Dios da de comer a las aves que no siembran ni cosechan, y viste a la hierba que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, cuánto más Él va a darnos de comer y de vestir a nosotros los creyentes. Añadió que todas estas cosa del diario vivir son las que preocupan a la gente no creyente del mundo, pero que el Padre celestial ya sabe que las necesitamos. Solo debemos esforzarnos en buscar primeramente el Reino de Dios y que todas nuestras necesidades iban a ser suplidas de forma infalible y milagrosa.

En Lucas 12:33-34 dice que debemos deshacernos de toda posesión material para que podamos ayudar al necesitado, y para aliviarnos de las preocupaciones que conllevan las mismas riquezas; porque si uno posee riquezas, allí también está su corazón anclado en ellas, y se hace avaricioso.

En Juan 6:25-29 y 4:31-38 dice que trabajemos no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, que es hacer la voluntad del Padre celestial; es decir: creer, entregarse y obedecer a su Hijo y su Palabra, con el objetivo de cosechar para Dios tantas almas como podamos a nuestro alrededor.

Ahora veamos lo que el apóstol Pablo nos exhortó en sus cartas acerca de la engañosa riqueza material y la auténtica visión celestial:

En 1 Timoteo 6:1-10 dice que los que enseñan otras cosas y no están de acuerdo con la sana doctrina de Jesucristo, son engreídos y no saben nada. Son ministros que tienen la mente pervertida y no conocen la verdad, y que toman la fe cristiana por una fuente de ganancia material, en vez de estar contentos y satisfechos con la comida diaria y el vestido que nos da el Señor. Además, los que quieren hacerse ricos caen en la tentación como en una trampa, y se ven asaltados por muchos deseos insensatos y perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males; y hay quienes por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos. (Ver también Salmo 49.)

En 1 Timoteo 6:17-19 dice que los hermanos en la fe que tienen riquezas de esta vida, que no sean arrogantes ni pongan su mirada y esperanza en las riquezas, porque las riquezas de este mundo no son seguras ni duraderas. Antes bien, que pongan su esperanza en Dios, el cual nos da todas las cosas con abundancia y para nuestro provecho. Sobretodo que hagan el bien, que se hagan ricos en buenas obras, es decir que estén dispuestos a dar y a compartir lo que tienen con los demás hermanos necesitados, a fin de que tengan una base firme de riquezas espirituales para el futuro, y hagan así efectiva la vida eterna que el Señor les ha concedido por gracia.

También el apóstol Juan nos exhorta en 1 Juan 2:15-17 que no amemos al mundo (al sistema del hombre), ni lo que hay en el mundo. Dice que si alguno ama al mundo o es atraído por él, no ama a Dios, porque nada de lo que el mundo ofrece viene de Dios, sino del mundo. Y esto es lo que Dios detesta: los malos deseos de la naturaleza carnal humana, vicios y placeres egoístas; el deseo de poseer las cosas materiales que agradan a los ojos; y el orgullo, la vanidad y el egoísmo que generan las cosas terrenas. Pero el mundo pasa, con todos sus deseos; en cambio, el que hace la voluntad de Dios registrada en las Sagradas Escrituras vivirá para siempre.

¿Cuál es la voluntad de Dios para todo creyente?

El apóstol Pablo explica en Colosenses 3:1-4, y Romanos 6:5-14, y Gálatas 2:20, y 2Corintios 5:14-15, y 1Corintios 6:20 y 7:23, que si hemos nacido de nuevo del Espíritu de Dios y hemos sido resucitados con Cristo, entonces debemos pensar y buscar las cosas del Cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Debemos buscar las cosas del Cielo, y no las de la Tierra. Tenemos que darnos cuenta que, una vez hemos entregado nuestra vida a Dios, hemos muerto completamente a nuestro viejo hombre y a nuestra vieja vida pecaminosa, y Dios nos tiene reservado el vivir con Cristo. Jesucristo es nuestra vida ahora, Él vive en nosotros y le pertenecemos enteramente a Él, porque nos ha comprado con el precio de su sangre y sufrimiento en la cruz. Por eso, como hijos de Dios, estamos ahora obligados a hacer la voluntad de Dios y no seguir la corriente ni las costumbres contaminadas y perversas del mundo y del hombre natural.

En 3 Juan 1:2 el apóstol Juan nos da a entender que la voluntad de Dios con respecto a la prosperidad no consiste en desear y orar por riquezas materiales, como muchos piensan y aspiran erróneamente, sino en orar por la salud física, mental y espiritual, y por supuesto lo necesario para vivir, que Dios quiere brindarnos por medio de su Espíritu cuando nuestros pensamientos perseveran constantemente en Él. (Ver Salmos 119:165; Isaías 26:3.)

¿Qué modelo debemos seguir como cristianos con respecto a los bienes materiales?

El evangelista Lucas escribe en Hechos 2:44-45 y 4:32,34-35, que todos los creyentes estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí; vendían sus propiedades y todo lo que tenían, y repartían el dinero a todos los hermanos en la fe y según las necesidades de cada uno. Todos los creyentes pensaban y sentían de la misma manera. Ninguno decía que sus cosas materiales fueran solamente suyas, sino que eran de todos. Y gracias al buen ejemplo cristiano de compartir lo material, no había entre ellos ningún necesitado, porque quienes tenían terrenos o casas, los vendían, y el dinero lo ponían a disposición de los apóstoles, para repartirlo entre todos según las necesidades de cada uno.

Jesús nos dio el mayor ejemplo de entrega a Dios y de renuncia a todo al hacerse pobre siendo rico, ya que dejó los palacios del Cielo y se vistió de humanidad, para que, por medio de su ejemplo de humildad, pudiéramos tener de lo necesario, a fin de enfocarnos en propagar el Evangelio, y ser desprendidos y generosos para ayudar a los hermanos necesitados y a los pobres también (2Corintios 8:9). El apóstol Pablo dice que, cuando somos generosos compartiendo lo material con otros, no tenemos que preocuparnos de nuestro sustento diario ya que Dios suplirá todo lo que nos falte conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:10-19). (Ver 2Corintios 9; Salmos 34:3-6,25-26.)

El apóstol Juan expresa en 1 Juan 3:16-18, que de la misma manera que Jesús se dio a sí mismo, hasta el punto de dar su vida por nosotros, cuánto más nosotros debemos también renunciar a todo lo demás y dar nuestra vida por los hermanos. Pues aquél que tiene bienes materiales y ve a su hermano tener necesidad de lo material y no comparte con él, ¿dónde está el amor de Dios dentro de él? Así pues si somos creyentes, no lo divulguemos simplemente de boca, sino también mostremos el amor de Dios con nuestro ejemplo de amor y de generosidad. (Ver Juan 10:7-13; Santiago 2:14-26.)

Conclusión

¿Cuántos creyentes están hoy en día dispuestos a renunciar y a compartir con otros sus riquezas materiales y posesiones para convertirse en verdaderos hijos e hijas de Dios que no viven para sí mismos, sino que, invirtiendo su tiempo y dinero en la obra de Dios, se enfocan en obedecer la Gran Comisión de predicar a toda criatura el Evangelio del Reino de Dios y su justicia en Jesucristo, sanar a los enfermos, y hacer discípulos en todas las naciones? (Ver Marcos 4:34-38, 16:15-18; Mateo 28:19-20.)

Actuemos, pues, en conformidad con la sana y completa doctrina del Evangelio, y seamos consecuentemente responsables de nuestro cometido, emulando y viviendo como Jesús vivió y operó, si verdaderamente hemos nacido de Dios en Él (1Juan 2:6). Seamos como la buena tierra en Lucas 8:4-15, que recibió la semilla del sembrador, y creció, y dio una buena cosecha, hasta de cien granos por semilla. Esta buena tierra es todo creyente que con corazón bueno y dispuesto escucha y hace caso de la Palabra de Dios; y que, permaneciendo firme en Ella, da una buena cosecha de conversos y de vidas consagradas, dispuestas a participar también en la gran obra reconciliadora de Dios (2Corintios 5:17-21). ◘