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24 abril 2020

Debemos Creer para entrar en el Reposo de Dios













Qué gozo tenemos cuando leemos acerca de las grandes obras de nuestro Dios.  ¡El Dios Todopoderoso es nuestro Padre, y somos ricos, porque todas las cosas nos pertenecen a través de nuestro Señor Jesucristo!

 En todos los tiempos había hombres de fe que confiaban en su Dios sin importar la situación.  Pero también había hombres que confiaban en sus sentimientos, en sus cinco sentidos;  Eran hombres carnales que olvidaron a su poderoso Dios.

Dos de estos grandes hombres de fe fueron Caleb y Josué.  Podemos leer su relato en Números capítulos 13 y 14.

Después de todos los milagros que Dios hizo para los hijos de Israel en Egipto, en el Mar Rojo y en el desierto, finalmente llegaron cerca de la Tierra Prometida.  Moisés le pidió a una de cada tribu, doce hombres, que exploraran la tierra y vieran cómo era, y cuán fortificadas estaban las ciudades.

Después de 40 días, regresaron y presentaron un informe ante toda la asamblea: "Llegamos a la tierra que fluye con leche y miel. Sin embargo, la gente es fuerte, las ciudades están amuralladas y muy grandes, y vimos GIGANTES en la tierra." Y Caleb dijo: "¡VAMOS y poseámosla, porque somos capaces de poseerla."  Pero los hombres dijeron: "¡NO, no somos capaces, son más fuertes que nosotros! ¡Vimos GIGANTES, y parecíamos como saltamontes, y así estábamos a la vista de ellos!"

Es triste decirlo, toda la congregación comenzó a murmurar contra Moisés y Aarón y dijo: "¡Si solo hubiéramos muerto en la tierra de Egipto o en este desierto! ¿Por qué el Señor Dios nos trajo a esta tierra para caer a espada, y que nuestras esposas e hijos debieran ser víctimas? ¿No sería mejor para nosotros regresar a Egipto? "

Después de todas las grandes señales y maravillas que Dios hizo por ellos, todo este tiempo todavía le eran infieles, y no conocían a su Dios.  Pero Josué y Caleb tenían fe. "Y hablaron a toda la congregación de los hijos de Israel, diciendo: "La tierra que pasamos para espiar es una tierra extremadamente buena. Si el Señor Dios se deleita en nosotros, Él nos traerá a esta tierra y nos la dará, 'una tierra que fluye leche y miel'. Solo no os rebeléis contra el Señor Dios, ni temáis a la gente de la tierra, porque ellos son nuestro pan; su protección se ha apartado de ellos y el Señor Dios está con nosotros. NO les temáis."" (Números 14:7-9)

Toda la congregación estaba lista para apedrearlos, pero la gloria del Señor Dios apareció en el tabernáculo de la congregación y dijo: "¿Hasta cuándo me provocará este pueblo? ¿Hasta cuándo no me creerán, con todas las señales que he realizado en medio de ellos?"  (Números 14:11)

Entonces Dios los castigó, y toda esta generación no entró en la Tierra Prometida;  pero sus hijos sí entraron, así como Josué y Caleb, porque creyeron.

¡Esta es una gran lección para todos nosotros!  Examinémonos a nosotros mismos si estamos en la fe.  Como el apóstol Pablo nos exhortó: “Tened cuidado, hermanos, no sea que en alguno de vosotros haya un corazón malo de incredulidad, para apartarse del Dios vivo. Antes exhortaos los unos a los otros cada día, mientras todavía se dice: Hoy; no sea que alguno de vosotros sea endurecido por el engaño del pecado. Porque somos hechos partícipes de Cristo, si es que retenemos firme hasta el fin el principio de nuestra seguridad, en cuanto se dice: SI OÍS HOY SU VOZ, NO ENDUREZCÁIS VUESTROS CORAZONES, COMO EN LA PROVOCACIÓN. Porque ¿quiénes, habiendo oído, le provocaron? ¿Acaso no fueron casi todos los que salieron de Egipto guiados por Moisés? ¿Y con quiénes se disgustó por cuarenta años? ¿No fue con aquellos que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto? ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a los que fueron desobedientes? Vemos, pues, que no pudieron entrar a causa de su incredulidad.” (Hebreos 3:12-19)

“Gracia y paz os sean multiplicadas, en el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús.  Pues su divino poder nos ha concedido todo cuanto concierne a la vida y a la piedad, mediante el verdadero conocimiento de Dios que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha concedido sus preciosas y maravillosas promesas, a fin de que por ellas lleguéis a ser partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción que hay en el mundo por causa de la concupiscencia.” (2Pedro 1:2-4)

(Oración :) 'Señor Dios, quita de nosotros todos los temores y el espíritu de incredulidad.  Danos la fe y el coraje de Josué y Caleb.  Estos hombres entraron en tu reposo, la Tierra Prometida.  Gracias, Dios Padre, que tenemos tu Palabra y tus promesas en las que apoyarnos.  Tu palabra es la única verdad. No queremos creer las palabras de los hombres, sino solo tu Palabra.  Gracias, Señor Dios, por ayudarnos a entrar en tu reposo.  En el nombre de Jesús oramos.  Amén.'

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29 enero 2015

“Edificándoos…, orando en el Espíritu Santo” (Judas 20)


LA DINÁMICA DE LA ORACIÓN EN LENGUAS DEL ESPÍRITU DE DIOS PARA NUESTRA EDIFICACIÓN PERSONAL

Una vez que hemos nacido de nuevo --al bautizarnos en agua en Jesucristo y al recibir la llenura de poder del Espíritu de Dios--, debemos entonces renovar nuestra mente continuamente con la Palabra de Dios y orar en lenguas guiadas por el Espíritu Santo, para que podamos fortalecernos personalmente, soltando nuestra lengua a voluntad propia durante nuestro tiempo de comunión íntima con Dios el Padre celestial y con su Hijo Jesucristo (Juan 14:15-18; 1Juan 1:3). 

De esta manera se activará la poderosa dinámica de la comunión del Espíritu del Hijo de Dios, el cual intercede al Padre por nosotros conforme a la voluntad de Dios (Gálatas 4:4-7; Romanos 8:26-27,34). 

(Ver Juan 3:1-21; 4:20-24; 14:16-17; Hechos 1:8; 2:1-4; 10:44-48; 19:1-7; Romanos 12:1-2; 1Pedro 2:1-5; 2Tesalonicenses 2:13-14; 2Timoteo 1:6-7; Hebreos 2:14-18; 4:14-16; 5:5-10; 7:15-28; 2Corintios 13:14; Efesios 6:18; Judas 20-21; Proverbios 20:27.)

A través de la constante oración en lenguas celestiales, el Espíritu de Dios nos revela la verdad y comprensión de su Palabra, así como el plan y llamamiento divino para nuestras vidas. 

(Ver Juan 14:26; 15:1-8; 16:13-15; 17:17-19; 1Juan 2:20,27-29; 1Corintios 2:6-16; 14:1-4,18-19.)

Además y mediante el fuego purificador de su Espíritu, Dios mortifica todo pensamiento pecaminoso de nuestra vieja naturaleza que quisiera retornar y dominar, y nos rehace a la imagen divina y amorosa de Jesucristo, en la medida que vamos recibiendo, comprendiendo, conociendo y compartiendo su poderosa Palabra y Espíritu de amor abnegado con los demás. 

(Ver Mateo 3:11-12; Marcos 2:18-22; 1Pedro 1:22-25; 1Juan 3:1-9; 5:18; Juan 15:9-16; 17:10-26; Romanos 5:1-5; 6:12-14; 8:1-30; 12:1-2; 2Corintios 3:16-18; Hechos 20:32; Efesios 4:22-25; 6:10-17; Colosenses 3:1-17; 2Corintios 5:14-21; Efesios 3:14-21; Hebreos 10:19-25; 1Corintios 13.) ◘



27 enero 2015

"No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6:24)

 
Podemos ver hoy en día que la fe y la visión de la iglesia actual difiere mucho de la fe y la visión de la iglesia primitiva, la cual era muy vibrante y activa, y estaba llena del Espíritu de Dios y de frutos de almas. Por lo contrario, la iglesia actual se enfoca principalmente en lo que concierne a la prosperidad económica, y no tanto en ganar almas en todo momento y en todo lugar.

Los líderes actuales se justifican diciendo que vivimos en tiempos diferentes, y que de todas maneras Dios está aún interesado en la adquisición de riquezas, poniendo como ejemplo a Abraham o a Job, los cuales Dios había bendecido materialmente, y que por tanto la adquisición de bienes materiales no va en contra del mensaje bíblico.

Los miembros de la iglesia actual siguen a un pastor que supuestamente es “conocedor de la verdad”, el cual promueve la fiel asistencia al templo que llama “iglesia”, donde el mensaje primordial gira en torno del “dar diezmos y ofrendas a Dios”, prometiéndoles a cambio estabilidad económica y material, a fin de poder vivir una vida de bendición y de confort. 

Cuando en realidad el pastor debería promover una vida de discipulado activo para preparar líderes obreros que divulguen el Evangelio por todo lugar, y para que los demás miembros se animen sustentar a estos misioneros, así como a las familias más pobres de la congregación, y también a barrios pobres de la ciudad. Debería enseñarles a no dar simplemente el diezmo (el diez por ciento) de sus ingresos a la iglesia, sino a dar el máximo posible, hasta que todos puedan llegar a dar el noventa por ciento de sus ganancias, no como algo impuesto sino como ofrenda voluntaria, para que sean prosperados en todo (2Corintios capítulo 9). Éste es el auténtico espíritu de renuncia a todo y del verdadero discipulado.

Según las Escrituras y bajo el Antiguo Pacto, el diezmo era el diez por ciento de las ganancias donado por solo aquellos que tenían granjas de animales y tierras de cultivos en Israel. Este diezmo era separado y entregado solo en comida, y no en dinero como las ofrendas para el templo, para poder alimentar a los levitas y a los sacerdotes que no disponían de heredad alguna. Este diezmo en alimentos también era destinado para alimentar a los extranjeros, las viudas y los huérfanos que vivían en Israel.

Pero ahora bajo el Nuevo Pacto en Cristo Jesús, Dios nos pide que lo demos todo; y no solo el hecho de congregarse en un templo y donar un diezmo para cumplir. Él quiere que le sirvamos de todo corazón, y/o que invirtamos nuestro dinero en su Obra, a fin de hacer avanzar su Reino y consecuentemente ganar almas, por todo lugar y lo más rápidamente posible. De hecho cuando nacemos de nuevo, Dios no se interesa tanto en nosotros como se interesa en los perdidos. Éste debe ser nuestro único objetivo y la verdadera razón de nuestra existencia como hijos de Dos.

Esta actitud errónea de interés desmesurado por lo material es opuesta diametralmente al mensaje que Jesús nos había hablado de renunciar a todas las cosas de este mundo y a nuestra propia voluntad, que nos distraen y frenan para poder seguirle como discípulos entregados y consagrados.

La iglesia actual debería enfocarse en seguir el ejemplo de Jesús en cuanto a su vida de renuncia y de entrega total a Dios su Padre. Debería vivir una vida más austera y de sacrificio, y de consagración a Dios y a su gran obra evangelizadora. Jesús enseñó una y otra vez acerca de la importancia de renunciar a todo deseo obsesivo por lo material, a fin de poder seguirle y obedecer la comisión de todo hijo(a) de Dios. Que es, ir a predicar el Evangelio de Redención en Cristo y manifestar el Reino celestial a toda criatura, para que llevar fruto de almas para Dios que a su vez le sirvan a Él. (Ver Lucas 14:25-35; Marcos 16:15-18; Mateo 28:19-20.)

¿Qué dicen las Sagradas Escrituras al respecto?

Si estudiamos bien la vida y el mensaje de Jesús en los cuatro Evangelios, y los Hechos y las Epístolas de los apóstoles, descubriremos que las riquezas materiales mencionadas en el Antiguo Testamento pasan prácticamente desapercibidas y a un segundo plano. Por el contrario, se enfatizan las riquezas espirituales de entrega a Dios y de servicio a los demás por medio de Jesucristo y su Espíritu en nosotros (Romanos 12:1-2; 1Corintios 3:16).

Jesús se enfrentó a las mismas tentaciones que el Diablo tienta a tantos creyentes hoy en día, cuando estaba en el desierto justo en el comienzo de su ministerio, cuando el adversario de Dios le ofreció la potestad sobre todos los reinos de la tierra y sus riquezas materiales, la cual había recibido en el momento que Adán, el primer hombre creado, pecó y cayó en maldición; convirtiéndose así en el príncipe y dios de este mundo (Juan 12:31, 14:30, 16:11; 2Corintios 4:4). Sin embargo Jesús resistió bien al diablo y a la tentación, reprendiéndole con convicción y con la autoridad de la poderosa Palabra de Dios:

“Y le llevó el diablo a un monte alto, y le mostró en un momento de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me es entregada, y a quien quiero la doy. Si tú, pues, me adorares, todos serán tuyos. Y respondiendo Jesús, le dijo: Quítate de delante de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás.” (Lucas 4:5-8)

También el diablo tentó a Jesús con hacerle demostrar su poder como Rey cuando estaba detenido delante de Pilato al interrogarle acerca de su realeza y autoridad. Pero no transigió en su cometido ni desobedeció la voluntad del Padre, sino que voluntaria y sufridamente se entregó por amor a  todos nosotros: 

“Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?...Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero ahora mi reino no es de aquí. Pilato entonces le dijo: ¿Acaso, eres tú rey? Jesús respondió: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.” (Juan 18:33-37)

Jesús declaró y enfatizó en otro pasaje acerca de la importancia de negarnos a nosotros mismos y de renunciar a todo, incluyendo nuestro bienestar y la vida material, a fin de que pudiéramos llevar fruto para Dios:

“Y llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por causa de mí y del evangelio, éste la salvará. Porque ¿qué aprovechará el hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación perversa y adúltera, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.” (Marcos 8:34-38)

En otras palabras, ¿de qué sirve al hombre aguar su fe para obtener ganancia económica y material a fin de ser bien visto y aceptado por la gente del mundo, y pierde su alma? ¿Y cuánto dinero podrá pagar el hombre por su alma? Tenemos que darnos cuenta que la razón por la que Cristo vino a la Tierra no fue para que nos concentráramos en nuestras necesidades, sino más bien en olvidarnos de nosotros mismos completamente y volcarnos a Dios para servirle a Él y a los demás, con todas nuestras fuerzas (Marcos 12:28-34).

Jesús declaró una vez a sus discípulos que difícilmente un rico iba a entrar en el Reino del Cielo, a menos que se desprendiera y donara todas sus riquezas a los pobres y necesitados, a fin de poder seguirle a Él. Así lo expresó a sus discípulos, después que un hombre rico le había preguntado qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Este hombre había obedecido fielmente la ley de Dios desde muy joven, pero cuando Jesús le animó a deshacerse de todas sus riquezas para dárselas a los pobres a fin de que tuviera riqueza en el Cielo y pudiera seguirle, se entristeció y no las renunció porque tenía mucho que renunciar. En vez de convertirse en un instrumento útil para Dios y ser verdaderamente libre y rico en espíritu, prefirió no deshacerse de su mentalidad y entorno carnal, a fin de continuar con los placeres temporales de la vida y las cosas que podía ver y palpar con sus manos. (Ver Lucas 18:18-30.)

Veamos ahora lo que también Jesús expresó una y otra vez en diferentes pasajes con relación a  las engañosas riquezas materiales y los auténticos valores espirituales:

En Mateo 6:19-21 y Lucas 12:33-34 dice que vendamos lo que poseemos y demos limosna a los pobres; que no atesoremos riquezas aquí en la Tierra, donde la polilla destruye y las cosas materiales se echan a perder, y donde ladrones entran a robar. Sino que atesoremos riquezas en el Cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan a perder ni los ladrones entran a robar. Pues donde esté nuestra riqueza, allí estará también nuestro corazón —dando a entender que las riquezas materiales no son compatibles con el Reino de Dios, y que consecuentemente no deben ser nuestra prioridad ni nuestro objetivo ni nuestra razón de existir.

En Mateo 6:22-23 dice que nuestros ojos son la lámpara del cuerpo, y que si ponemos nuestra mirada en las cosas celestiales, nuestro cuerpo tendrá luz. Pero si nuestros ojos apuntan a las cosas materiales que nos atan, todo nuestro cuerpo estará en oscuridad. Y si la luz que hay en nosotros resulta ser oscuridad, ¿qué luz vamos a irradiar?

En Mateo 6:24-34 dice que nadie puede servir a dos señores o amos diferentes, porque odiará a uno y querrá el otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. Es decir, que no podemos servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo, porque es imposible amarle y servirle a Él de todo corazón, si ponemos nuestra mirada en lo material o económico y el bienestar de uno mismo. No podemos afanarnos en trabajar demasiado a fin de ganar y acumular dinero, como consecuencia de no creer que Dios puede suplir lo necesario, mientras descuidamos lo más importante: que es buscar primeramente todo lo que atañe al Reino de Dios y su justicia. Jesús nos asegura que si tenemos fe en Dios y buscamos su Reino, no dejará de suplirnos milagrosamente el sustento necesario para que podamos servirle y seguirle Él.

En Marcos 4:7,18-19 dice que muchos creyentes son como la semilla sembrada entre espinos, que oyen la Palabra, pero los negocios de esta vida presente les preocupan demasiado, el amor por las riquezas les engaña, y solo piensan en poseer todas las cosas materiales posibles. Todo esto entra en sus corazones y apaga su fe en la Palabra, impidiéndoles obedecer la gran comisión de amar y llevar fruto de almas para Dios (Mateo 28:19-20).

En Lucas 12:13-21 dice que tengamos cuidado de no ser avaros y codiciosos, porque la vida no consiste en poseer muchas cosas o posesiones, ni en invertir dinero para hacerse todavía más rico.

En Lucas 12:22-32 dice que no debemos preocuparnos por lo que hemos de comer para vivir, ni por la ropa que necesitamos para el cuerpo. Si Dios da de comer a las aves que no siembran ni cosechan, y viste a la hierba que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, cuánto más Él va a darnos de comer y de vestir a nosotros los creyentes. Añadió que todas estas cosa del diario vivir son las que preocupan a la gente no creyente del mundo, pero que el Padre celestial ya sabe que las necesitamos. Solo debemos esforzarnos en buscar primeramente el Reino de Dios y que todas nuestras necesidades iban a ser suplidas de forma infalible y milagrosa.

En Lucas 12:33-34 dice que debemos deshacernos de toda posesión material para que podamos ayudar al necesitado, y para aliviarnos de las preocupaciones que conllevan las mismas riquezas; porque si uno posee riquezas, allí también está su corazón anclado en ellas, y se hace avaricioso.

En Juan 6:25-29 y 4:31-38 dice que trabajemos no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, que es hacer la voluntad del Padre celestial; es decir: creer, entregarse y obedecer a su Hijo y su Palabra, con el objetivo de cosechar para Dios tantas almas como podamos a nuestro alrededor.

Ahora veamos lo que el apóstol Pablo nos exhortó en sus cartas acerca de la engañosa riqueza material y la auténtica visión celestial:

En 1 Timoteo 6:1-10 dice que los que enseñan otras cosas y no están de acuerdo con la sana doctrina de Jesucristo, son engreídos y no saben nada. Son ministros que tienen la mente pervertida y no conocen la verdad, y que toman la fe cristiana por una fuente de ganancia material, en vez de estar contentos y satisfechos con la comida diaria y el vestido que nos da el Señor. Además, los que quieren hacerse ricos caen en la tentación como en una trampa, y se ven asaltados por muchos deseos insensatos y perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males; y hay quienes por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos. (Ver también Salmo 49.)

En 1 Timoteo 6:17-19 dice que los hermanos en la fe que tienen riquezas de esta vida, que no sean arrogantes ni pongan su mirada y esperanza en las riquezas, porque las riquezas de este mundo no son seguras ni duraderas. Antes bien, que pongan su esperanza en Dios, el cual nos da todas las cosas con abundancia y para nuestro provecho. Sobretodo que hagan el bien, que se hagan ricos en buenas obras, es decir que estén dispuestos a dar y a compartir lo que tienen con los demás hermanos necesitados, a fin de que tengan una base firme de riquezas espirituales para el futuro, y hagan así efectiva la vida eterna que el Señor les ha concedido por gracia.

También el apóstol Juan nos exhorta en 1 Juan 2:15-17 que no amemos al mundo (al sistema del hombre), ni lo que hay en el mundo. Dice que si alguno ama al mundo o es atraído por él, no ama a Dios, porque nada de lo que el mundo ofrece viene de Dios, sino del mundo. Y esto es lo que Dios detesta: los malos deseos de la naturaleza carnal humana, vicios y placeres egoístas; el deseo de poseer las cosas materiales que agradan a los ojos; y el orgullo, la vanidad y el egoísmo que generan las cosas terrenas. Pero el mundo pasa, con todos sus deseos; en cambio, el que hace la voluntad de Dios registrada en las Sagradas Escrituras vivirá para siempre.

¿Cuál es la voluntad de Dios para todo creyente?

El apóstol Pablo explica en Colosenses 3:1-4, y Romanos 6:5-14, y Gálatas 2:20, y 2Corintios 5:14-15, y 1Corintios 6:20 y 7:23, que si hemos nacido de nuevo del Espíritu de Dios y hemos sido resucitados con Cristo, entonces debemos pensar y buscar las cosas del Cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Debemos buscar las cosas del Cielo, y no las de la Tierra. Tenemos que darnos cuenta que, una vez hemos entregado nuestra vida a Dios, hemos muerto completamente a nuestro viejo hombre y a nuestra vieja vida pecaminosa, y Dios nos tiene reservado el vivir con Cristo. Jesucristo es nuestra vida ahora, Él vive en nosotros y le pertenecemos enteramente a Él, porque nos ha comprado con el precio de su sangre y sufrimiento en la cruz. Por eso, como hijos de Dios, estamos ahora obligados a hacer la voluntad de Dios y no seguir la corriente ni las costumbres contaminadas y perversas del mundo y del hombre natural.

En 3 Juan 1:2 el apóstol Juan nos da a entender que la voluntad de Dios con respecto a la prosperidad no consiste en desear y orar por riquezas materiales, como muchos piensan y aspiran erróneamente, sino en orar por la salud física, mental y espiritual, y por supuesto lo necesario para vivir, que Dios quiere brindarnos por medio de su Espíritu cuando nuestros pensamientos perseveran constantemente en Él. (Ver Salmos 119:165; Isaías 26:3.)

¿Qué modelo debemos seguir como cristianos con respecto a los bienes materiales?

El evangelista Lucas escribe en Hechos 2:44-45 y 4:32,34-35, que todos los creyentes estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí; vendían sus propiedades y todo lo que tenían, y repartían el dinero a todos los hermanos en la fe y según las necesidades de cada uno. Todos los creyentes pensaban y sentían de la misma manera. Ninguno decía que sus cosas materiales fueran solamente suyas, sino que eran de todos. Y gracias al buen ejemplo cristiano de compartir lo material, no había entre ellos ningún necesitado, porque quienes tenían terrenos o casas, los vendían, y el dinero lo ponían a disposición de los apóstoles, para repartirlo entre todos según las necesidades de cada uno.

Jesús nos dio el mayor ejemplo de entrega a Dios y de renuncia a todo al hacerse pobre siendo rico, ya que dejó los palacios del Cielo y se vistió de humanidad, para que, por medio de su ejemplo de humildad, pudiéramos tener de lo necesario, a fin de enfocarnos en propagar el Evangelio, y ser desprendidos y generosos para ayudar a los hermanos necesitados y a los pobres también (2Corintios 8:9). El apóstol Pablo dice que, cuando somos generosos compartiendo lo material con otros, no tenemos que preocuparnos de nuestro sustento diario ya que Dios suplirá todo lo que nos falte conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:10-19). (Ver 2Corintios 9; Salmos 34:3-6,25-26.)

El apóstol Juan expresa en 1 Juan 3:16-18, que de la misma manera que Jesús se dio a sí mismo, hasta el punto de dar su vida por nosotros, cuánto más nosotros debemos también renunciar a todo lo demás y dar nuestra vida por los hermanos. Pues aquél que tiene bienes materiales y ve a su hermano tener necesidad de lo material y no comparte con él, ¿dónde está el amor de Dios dentro de él? Así pues si somos creyentes, no lo divulguemos simplemente de boca, sino también mostremos el amor de Dios con nuestro ejemplo de amor y de generosidad. (Ver Juan 10:7-13; Santiago 2:14-26.)

Conclusión

¿Cuántos creyentes están hoy en día dispuestos a renunciar y a compartir con otros sus riquezas materiales y posesiones para convertirse en verdaderos hijos e hijas de Dios que no viven para sí mismos, sino que, invirtiendo su tiempo y dinero en la obra de Dios, se enfocan en obedecer la Gran Comisión de predicar a toda criatura el Evangelio del Reino de Dios y su justicia en Jesucristo, sanar a los enfermos, y hacer discípulos en todas las naciones? (Ver Marcos 4:34-38, 16:15-18; Mateo 28:19-20.)

Actuemos, pues, en conformidad con la sana y completa doctrina del Evangelio, y seamos consecuentemente responsables de nuestro cometido, emulando y viviendo como Jesús vivió y operó, si verdaderamente hemos nacido de Dios en Él (1Juan 2:6). Seamos como la buena tierra en Lucas 8:4-15, que recibió la semilla del sembrador, y creció, y dio una buena cosecha, hasta de cien granos por semilla. Esta buena tierra es todo creyente que con corazón bueno y dispuesto escucha y hace caso de la Palabra de Dios; y que, permaneciendo firme en Ella, da una buena cosecha de conversos y de vidas consagradas, dispuestas a participar también en la gran obra reconciliadora de Dios (2Corintios 5:17-21). ◘



26 enero 2015

“Cristo no vino para ser servido, sino para servir” (Marcos 10:45)

 
La Palabra de Dios enseña en Efesios 4:1-16, que para guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz, Jesucristo dio dones para formar un cuerpo ministerial en toda iglesia, de servicio a los demás, compuesto por hermanos ancianos en el Señor: “Él mismo dio a unos, apóstoles; y a unos, profetas; y a unos, evangelistas; y a unos, pastores y maestros” (Efesios 4:11). Esto lo hizo con el objetivo de proveer lo necesario a los hermanos jóvenes en el Señor para una vida de servicio a Dios y a los demás, para la edificación del cuerpo de Cristo. Es decir, para que todos los creyentes puedan servir y confesar a Cristo crucificado, al mismo tiempo que tienen una relación viva, íntima y directa con Dios el Padre, hasta que todos lleguen a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios y Su Palabra, hermanos fortalecidos y completos a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo.

Hoy en día, sin embargo, predomina en la iglesia un notorio culto a la personalidad y una desmesurada atención a la persona que desempeña un cargo ministerial. Es cierto que los hermanos de la congregación deben honrar y respetar a un buen anciano o siervo de Dios, por todos los servicios espirituales que presta (1Timoteo 5:17-18). Pero lo que lamentablemente sucede es que muchos ministros esperan que los creyentes les den un trato diferente como si fueran hermanos que han recibido una “unción” especial de “profeta o portavoz de Dios”, y que por tanto han alcanzado un título y rango superior. Cuando en realidad deberían aparecer delante de los demás como hermanos y servidores de todos, dispuestos a proveer atención y cuidado, y a equipar a los hermanos de la congregación con la enseñanza necesaria de la Palabra, la cual les fortalecerá su fe y les animará a llevar a cabo la obra de Dios (2Corintios 5:16-19).

En Hebreos 1:1-2, las Escrituras enseñan que Dios no nos habla y guía hoy (bajo el Nuevo Pacto o Testamento de la fe y gracia) por medio de profetas o ministros, sino directamente a través de su Hijo Jesucristo y su Palabra, ya que Jesús es el Verbo de Dios hecho hombre (Juan 1:1-18). Además, en 1 Juan 2:18-29, el apóstol Juan nos exhorta que debemos tener cuidado de no dejarnos engañar por doctrinas erróneas de elocuentes y falsos maestros que extravían a muchos de la sana doctrina del Evangelio. Y por este motivo, nos recuerda que no tenemos que depender siempre de un pastor o ministro para enseñarnos y revelarnos la Palabra, sino que la unción misma del Espíritu Santo de Dios nos enseñará y revelará personalmente toda la Palabra registrada en las Escrituras, y además de forma clara, poderosa y sobrenatural (Juan 14:26). También el Espíritu nos guiará para que podamos permanecer en la voluntad de Dios, a fin de poder alcanzar a los perdidos y llevar fruto de almas ganadas para Él (Romanos 8:1-30; Juan 15:16; Marcos 16:15-18). Recordemos que gracias a la fe y la gracia de Jesucristo, Dios pudo derramar entonces de su Espíritu sobre todo creyente nacido de nuevo, y no solo a ciertos hombres de Dios, como sucedía en el Antiguo Pacto o Testamento (Hechos 1:8, 2:17-18).

Un buen ministro de la iglesia debe imitar, demostrar y anunciar en todo momento a Jesucristo crucificado, quien fue un verdadero ejemplo de siervo con entrega, compasión, humildad y demostración del Espíritu y del poder de Dios (1Corintios 2:1-5; Hechos 10:38). Si Cristo dio Su vida por amor a nosotros, cuánto más debemos seguir su ejemplo de querer dar la vida por nuestros hermanos, también con toda entrega, compasión, humildad y demostración del poder de Dios (1Juan 3:16; Romanos 8:29; Juan 14:12, 20:21).

Jesús dejó bien claro en Mateo 23:8-12, que ningún hermano maduro espiritualmente debe esperar de los demás hermanos en la fe que lo llamen “Maestro” o “Rabí” —que también significa guía o pastor (ver Ezequiel 34:2,9-10) —, como solían hacer los fariseos religiosos. Sino simple y llanamente hermano, porque todos somos hermanos unos con otros y tenemos solamente un Maestro y Pastor: Jesucristo (Juan 10:11-16; 1Pedro 2:25). De hecho, el mismo Jesús dijo que el más grande entre ellos debía servir a los demás; porque el que se engrandece a sí mismo será humillado, y el que se humilla, será engrandecido (Mateo 23:1-12). En otro pasaje dijo Jesús que el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y para dar Su vida en rescate por muchos (Mateo 20:20-28; Marcos 10:35-45; Filipenses 2:1-18).

Y para que no olvidasen la importancia de que siempre hay que servir a los hermanos y nunca mostrarse superiores a ellos, en una ocasión Jesús echó agua en una palangana y lavó los pies de los discípulos y los secó con una toalla, diciéndoles que si Él, el Maestro y Señor, les había lavado los pies, también ellos debían lavarse los pies unos a otros. Añadió que les había dado un ejemplo de amor y humildad, para que ellos hicieran lo mismo, porque ningún servidor es más que su señor, y ningún enviado es más que el que lo envía (Juan 13:1-17).

En 1 Pedro 5:1-7, el apóstol Pedro exhorta a los ancianos de la iglesia encargados de pastorear, que apacienten a sus congregaciones voluntariamente y no por fuerza; con un corazón dispuesto y no para sacar ganancia deshonesta de los hermanos, como tristemente suele pasar hoy en día, el énfasis desmesurado de muchos pastores que piden continuamente a la congregación la entrega de sus “diezmos y ofrendas para Dios”. También el apóstol enseña que no sean arrogantes asumiendo dominio y control sobre los hermanos, sino que sean un verdadero ejemplo de humildad y respeto hacia ellos.

Un verdadero siervo de Dios vive de forma íntegra y austera, y no se aprovecha en ningún momento de su posición, exigiendo “ofrendas y diezmos” de los creyentes de su iglesia, sino que pone su confianza en el Señor para que Éste, con Su gracia y poder, le cuide y provea cada una de sus necesidades a tiempo (Filipenses 4:15-20).    

El que ostenta un cargo ministerial de pastor debe ser un hermano humilde y servicial, el cual desempeña una función específica de apacentar y enseñar la Palabra de Dios a los nuevos conversos y a los hermanos jóvenes en la fe. No debe ser un hermano envanecido que le gusta exhibirse y ser llamado ‘Pastor’, y recibir un trato especial de parte de los hermanos de su congregación. Este tipo de pastores tienen la tendencia de alardear de sus conocimientos bíblicos y también de predicar con elocuencia y excelencia de palabras o de sabiduría, pero no demuestran el Espíritu de Dios y su poder, el cual debería resplandecer en él en todo momento (1Corintios 2:1-5, 4:17-19).

Esta clase de pastores sin Espíritu suelen predicar a sus congregaciones que “la ganancia económica es equivalente a la espiritualidad y a la divinidad”, y prometen “bendiciones económicas” a todos los hermanos que dan asiduamente sus “ofrendas y diezmos” para el local de reunión que llaman “templo”, así como para sí mismos. La Palabra dice claramente que Dios no habita en templos hechos de mano (Hechos 7:48-50), sobretodo desde el inicio del Nuevo Pacto en Cristo Jesús, para rendirle sacrificios de obras muertas bajo la ley mosaica (Hebreos 9:11-14). Dios vive en los corazones de aquellos creyentes que han recibido su Espíritu en Cristo Jesús, convirtiéndose en piedras vivas de su templo espiritual (1Pedro 2:5), a fin de poder adorarle en Espíritu y en Verdad (Juan 4:20-24), y también transmitir su amor y verdad a los demás (Mateo 5:13-16). (Ver Hebreos 8 y 9, 10:1-25; Romanos 12:1-2; 1Corintios 3:16-17; 1Pedro 1:13—2:5; Efesios 2.)

Precisamente el apóstol Pablo nos exhorta en 1 Timoteo 6:3-11, que la ganancia económica no es señal de ser más piadoso o estar más cerca de Dios. Contrariamente, la piedad con contentamiento es la verdadera ganancia para un creyente, ‘porque nada hemos traído a este mundo, y sin duda nada podremos sacar; así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto.’ También dice que nos apartemos de esos falsos pastores que ‘quieren enriquecerse materialmente, los cuales caen en tentación y lazo y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en perdición y muerte. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y se traspasaron con muchos dolores.’

El apóstol Pablo se mostró siempre muy humilde y servicial entre los hermanos (1Corintios 2:3), y nunca puso ninguna presión o carga económica sobre nadie cuando predicaba el Evangelio de Cristo, sino que lo ofrecía gratuitamente por amor a los perdidos y a los hermanos de todas las iglesias existentes, hasta el punto que prefería antes trabajar con sus manos confeccionando tiendas que pedir dinero alguno para sus necesidades (Hechos 20:33-35, 18:3; 1Corintios 9). Aunque nunca abusó de su derecho como siervo de Dios para recibir ayuda económica, sin embargo recibió ayuda por parte de ciertas congregaciones con un corazón dispuesto y generoso para suplir sus necesidades básicas, ‘como ordenó el Señor que los que predican el Evangelio, vivan del Evangelio’ (1Corintios 9:14; Filipenses 4:10-20).  

En 2 Corintios 8:9, Pablo escribe que Jesucristo siendo rico se hizo pobre por amor de nosotros, para que nosotros con su pobreza pudiésemos ser enriquecidos. Éste fue siempre el sentir y el ejemplo que dieron los ministros de la iglesia primitiva, de renunciar su reputación y las riquezas materiales para poder enriquecer a los demás en todo (2Corintios 6:1-10). 

En 2 Corintios 11, Pablo denunció a todos los falsos apóstoles y obreros fraudulentos que se infiltran, se aprovechan y confunden a sus congregaciones con un evangelio tergiversado que está basado en la “ganancia material” (1Corintios 6:3-8), a fin de sacarles dinero de forma abundante y continua. En 1 Corintios 4, y a raíz de la infiltración de estos falsos apóstoles y maestros en la iglesia, Pablo escribió que los verdaderos apóstoles son considerados como últimos en importancia y sentenciados a muerte, débiles, pobres y sin morada fija, maldecidos, perseguidos, difamados, la escoria del mundo y el desecho de todos. Hoy en día, lamentablemente van apareciendo en aumento numerosos pastores de iglesia que quieren “subir de rango”, autoproclamándose “Apóstoles” (y hasta “Patriarcas” en algunos casos), para poder llegar a un nivel más reconocido y popular, lo cual les lleva a una vida más arrogante y opulenta, en vez de una vida sencilla y abnegada como la de Jesucristo y sus discípulos.

Un buen siervo o ministro enseñará y llevará a todo creyente a la Palabra de Dios, y no simplemente a la iglesia y así mismo, a fin de que pueda entablar y cultivar una buena e íntima relación con el Padre y Su Palabra a través del Espíritu Santo que habita en él (Juan 4:23-24; 1Corintios 3:16; Judas 20-21). El objetivo es que el creyente llegue a edificarse y fortalecerse en la fe a través de la absorción directa y constante de la Palabra (Romanos 10:17, 12:1-2), y que su vínculo con Dios no dependa de las prédicas de un pastor de iglesia, ya que solamente la Palabra y el Espíritu de Dios pueden hacer crecer lo sembrado por un ministro (1Corintios 3:7-11).

Dios no necesita hoy en día de intermediarios terrenales para que podamos tener un vínculo y comunión íntima con Él, excepto a Jesucristo hombre (1Timoteo 2:5). La Palabra de Cristo es nuestro enlace directo con el Padre, cuando oramos guiados por su Espíritu, el cual nos revela y enseña todas las cosas registradas en las Escrituras (Hebreos 1:1-3; Juan 14:6,26; Romanos 8:26-27; 1Juan 2:27). Por eso debemos conocer bien la Palabra y enamorarnos de Ella, para que podamos conocer la voluntad de Dios para con nosotros y descubrir cuán poderosos somos en Cristo Jesús, aún en medio de toda prueba y adversidad que pudiéramos atravesar. (Ver 1Pedro 2:1-3; Romanos 12:1-2; Colosenses 3:16-17; Gálatas 2:19-20, 3:24-27; 2Corintios 12:9-10).

Dios nos ha hecho libres del pecado, nuevas criaturas, justos, santos, perfectos y completos con todo su poder en Cristo, a fin de que cumplamos con toda pasión y devoción su gran comisión de anunciar el Evangelio de la reconciliación y el Reino de Dios a todos, y de sanar a los enfermos y liberar a los cautivos. (Ver Juan 8:31-36; Gálatas 4:1-7; Romanos 8:11,14-17,28-30, 10:4; 1Juan 4:17; 2Corintios 1:21-22, 5:14-21; Hebreos 10:5-18; 1Corintios 6:9-11; Colosenses 2:6-15; Efesios 2:1-10, 4:17-24; Marcos 16:15-18; Lucas 9:1-6.)

El Señor desea por encima de todo que cada uno de nosotros los creyentes creamos verdaderamente en Él y Su Palabra, y que consecuentemente anunciemos y demostremos el Reino de Dios con su poder milagroso, a fin de que muchos sean sanados y crean que Dios les ama, para que de esta manera podamos cosechar muchas almas —almas que estarán dispuestas a seguirle y llevar a cabo la obra de Dios en todo momento y lugar. (Ver Juan 6:26-29, 14:12, 20:21; Romanos 15:18-19; 1Corintios 2:1-5, 4:20; 1Tesalonicenses 1:2-10; Juan 15:16; Marcos 4:8,20, 8:34-38; Mateo 28:18-20.) ◘



24 enero 2015

La verdad acerca de diezmar y ofrendar










Un gran sector de la iglesia cristiana actual enseña erróneamente que todo creyente debe diezmar a su pastor si quiere ganar el favor de Dios y no caer en maldición, por el hecho de que Abraham pagaba sus diezmos a Melquisedec, rey de Salem y sacerdote de Dios, según se narra en Génesis 14 y Hebreos 7:1-10.

Sin embargo, si leemos bien los pasajes y en su justo contexto, dice que Abraham honró a Melquisedec, el cual salió a recibirlo después de la matanza de los reyes malvados, y le ofrendó la décima parte de los despojos de guerra que había conquistado a aquellos reyes, y que además no guardó nada sino que lo entregó de vuelta a su dueño: el rey de Sodoma. Abraham diezmó el botín de la batalla, y lo hizo de su propia iniciativa, ya que en ningún lugar se menciona que le diera el diezmo de su ganancia en dinero (pues en aquél tiempo ya se utilizaba la moneda para hacer mercadería) a Melquisedec, ni que siguiera diezmando. Nótese además que en aquellos tiempos era costumbre ofrecer una décima parte de los despojos de guerra a reyes y gobernantes de mucha honra, como Melquisedec que era rey de Salem.  

También se enseña erróneamente que en los pasajes de Mateo 23:23 y Lucas 11:42, Jesús declaró que hay que apartar el diezmo; y en Mateo 23:1-3, mandó cumplir con los diezmos. Si leemos bien este pasaje en su contexto, observamos que Jesús se dirigió a los fariseos diciéndoles que debían tratar a los demás con amor y misericordia, a la vez que daban sus diezmos (Mateo 9:10-13; 22:36-40). Por supuesto que tenían que diezmar, porque aún seguía vigente en esos momentos el Antiguo Pacto de la Ley mosaica, y Jesús todavía no había derramado Su sangre para dar inicio al Nuevo Pacto de la gracia. Por tanto, como la Ley mosaica quedó abolida en el momento de derramar Su sangre, la vieja Ley no se aplica más hoy en día, incluyendo la ley de diezmar. (Ver Hebreos 8:6-13; Colosenses 2:8-15; Efesios 2:11-22; Gálatas 3:5-29.)

Bajo el Antiguo Pacto, el diezmo era obligado por la Ley de Moisés para que fuese dado a los levitas, los cuales trabajaban a tiempo completo para ayudar a los sacerdotes y cuidar de las necesidades del tabernáculo o templo de Dios existente en ese entonces. Diezmar fue ordenado por Dios únicamente a los judíos viviendo en la tierra de Israel que tenían propiedades con cultivos y ganado. Por eso podemos afirmar que Jesús y Sus discípulos no diezmaban, pues no tenían propiedad alguna. Sin embargo, sí ofrendaban generosamente a los pobres en todo momento y lugar, al estar desprendidos completamente de toda riqueza económica y material (Mateo 19:21; 26:6-13; Marcos 10:21; 14:3-9; Lucas 12:33-34; 18:22; Lucas 10:25-37; Juan 12:1-8).

Además los levitas tenían que dar los diezmos de los diezmos recibidos a los sacerdotes, y estos al sumo sacerdote. El diezmo se donaba tan solo en comida —grano y animales— y no en dinero como las ofrendas o contribuciones voluntarias que los judíos entregaban también para las necesidades del templo (Éxodo 35:20-29; Lucas 21:1-4). La comida diezmada se almacenaba en el tesoro del templo de Dios para alimentar a los levitas —que por cierto no poseían ninguna tierra para producir— y para alimentar además a los extranjeros y a los pobres —los huérfanos y las viudas— que vivían en la tierra de Israel. (Ver Números 18:20-32; Deuteronomio 14:22-29; 26:1-19; Levíticos 27:30-33; 2 Crónicas 31:4-8; Nehemías 10:37-39; 12:44; 13:4-13; Malaquías 3:7-10.)

En las Escrituras descubrimos que Dios hizo un pacto con Abram para que se convirtiera en Abraham, el padre de muchas naciones. Y la señal del pacto que Dios estableció fue que todo varón debía ser circuncidado, o sea cortarse la carne de su prepucio, incluyendo al mismo Abraham y a toda su descendencia después de él (Génesis 17:1-14). Posteriormente el apóstol Pablo nos explica que Dios tuvo en cuenta la fe de Abraham para reconocerlo como justo antes de que fuera circuncidado, pues la circuncisión era simplemente una señal o sello de que Dios ya lo había reconocido como justo por causa de la fe. De este modo, Abraham ha venido a ser también el padre de todos los que tienen fe y son reconocidos igualmente por Dios como justos, aunque no hayan sido circuncidados (Romanos 4:1-12). Consecuentemente ya no hay ninguna obligación de circuncidarse, como señal o como ley de Dios bajo el Nuevo Pacto de la gracia de Jesucristo (Romanos 3:20-31). De la misma manera y siguiendo el mismo principio, tampoco hay ninguna obligación de seguir la iniciativa que una vez tuvo Abraham —cuando todavía se llamaba Abram— de diezmar a Melquisedec; ya que de lo contrario, los cristianos varones estarían entonces obligados a circuncidarse el prepucio, según la señal que Dios había encargado en un momento dado a Abraham y a toda su descendencia (Génesis 14:17-20; Hebreos 7:1-3; Génesis 17:9-11; Juan 7:22).

Jesús nos limpió de todos nuestros pecados con Su sangre y nos consagró e hizo perfectos por medio de Su única ofrenda en la cruz para que, mediante el Espíritu Santo, ya no tuviéramos que dar más ofrendas ni diezmos por el pecado (Hebreos 10:5-18; Ezequiel 36:25-27). La ley de diezmar fue implementada por Dios solamente bajo el Antiguo Pacto para ayudar a los levitas, los extranjeros y los pobres, cuando la presencia de Dios se encontraba todavía en el santuario del templo. Pero en el momento que Jesús murió, el velo grueso del templo se rasgó en dos por la mano de Dios y el arca de la alianza desapareció, a fin de que tuviéramos acceso libre y directo a la presencia de Dios por medio de Su Espíritu Santo el cual mora en nosotros. (Ver Hebreos 10:19-22; Romanos 8:9-11.)

En Su muerte, Cristo nos redimió y liberó de toda maldición y condenación que arrastraba la ley del pecado y de la muerte que Dios había dado a Moisés, a través de la ley liberadora del Espíritu de vida. Y así la letra de la ley mosaica llegó a su término con Cristo, a fin de que únicamente por la fe de Él pudiéramos ser hechos justicia de Dios. (Ver Gálatas 3:13-14; Romanos 1:16-17; 3:21-31; 8:1-2; 10:1-4; 2 Corintios 3:4-11; 5:21.) Dios nos envió Su Espíritu Santo para librarnos completamente de toda condenación, e incluso de toda falsa doctrina que tratara de hacernos creer que ‘el sacrificio de Jesucristo no fue suficiente, y que por tanto hay que seguir cumpliendo la ley del diezmo, una de las 613 leyes mosaicas, para poder obtener el favor de Dios’. (Ver Romanos 8:1-2; Gálatas 5:1-6; Hebreos 11:6.)

Jesús nos dio vida juntamente con Él y nos perdonó todos los pecados al ser sepultados con Él en el bautismo, cancelando y aboliendo para siempre la ley de los mandamientos y sus ordenanzas dada por Dios a Moisés para merecer el favor de Dios, incluyendo la antigua ley de los diezmos. La sangre de Jesús derramada en la cruz por amor a nosotros fue suficiente para que pudiéramos ser completamente justificados por Dios y reconciliarnos con Él (Colosenses 2:12-15; Efesios 2:1-16; Romanos 3:19-28; 5:8-11; 10:1-10; Gálatas 2:15-21; Tito 3:1-7).

La Palabra nos advierte en Gálatas 5:1-6 que una vez que Cristo nos ha hecho libres de la ley que fue dada a Moisés, no tenemos que someternos otra vez a este yugo de esclavitud. Porque si nuestra salvación o el favor de Dios dependiera de circuncidarse o de separar el diezmo, estaríamos entonces invalidando la fe y la gracia de la sangre de Jesucristo, y estaríamos consecuentemente obligados a guardar otra vez todas las 613 ordenanzas de la ley mosaica (Gálatas 3:10-12; Levítico 18:5).

En una ocasión Jesús expresó su indignación a los fariseos, que le culpaban a Él y a Sus discípulos de no seguir las diferentes tradiciones religiosas. Éste les dijo que eran unos hipócritas porque honraban a Dios con su boca, pero su corazón estaba lejos de Él a consecuencia de su orgullo y avaricia, y que debido a su énfasis en que se cumplieran sus propios mandamientos de hombres, habían invalidado la ley del amor de Dios (Mateo 15:1-20; Marcos 7:1-23; Isaías 29:13; 1:11-20; Ezequiel 33:31; 1 Samuel 15:13-26). De la misma manera, si consideramos que diezmar es un requisito indispensable para ganar el favor de Dios y que la sangre de Cristo no fue suficiente para hacernos justos delante de Él, estaremos también invalidando la ley de la gracia de Dios en Jesucristo.

Los únicos dos mandamientos que estamos obligados a cumplir para poder agradar a Dios, y que de los cuales pende toda la ley y los profetas, son: 1) Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente; 2) Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22:36-40). Si uno trata de diezmar pero no muestra amor ni misericordia para con los demás, Dios por supuesto no lo reconoce como justo ni tampoco tiene vida eterna morando en sí (Lucas 11:42; 18:9-14; 1 Juan 3:14-18; Santiago 2:14-17). Dios no necesita que sigamos ningún ritual, ceremonia o culto religioso, ni que contribuyamos para los gastos de un templo hecho de mano donde Él no vive, para poder agradarle (Juan 4:20-24; Hechos 7:48; 17:24). Solo desea que seamos una constante ofrenda o continuo sacrificio vivo, santo y agradable a Él, a fin de que nos convirtamos en una vasija apasionada, sumisa y dispuesta para hacer Su voluntad en todo momento y lugar (Romanos 12:1-2).

La Escritura nos revela también que, gracias a la sangre que Jesús derramó para limpiarnos de todo pecado, Dios nos ha hecho sacerdotes y templos santos al servicio de Él. Por tanto ya no hay más necesidad de dar diezmos a un ministro que supuestamente ejerce el sacerdocio en un templo donde no mora Dios (Isaías 66:1-2; Hechos 7:48-50; 17:24-30; Juan 4:20-24), porque todos los que creemos en Jesucristo nos hemos convertido en sacerdotes y templos vivientes del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16-17; 1 Corintios 6:19-20; 1 Pedro 2:9-10; Apocalipsis 1:4-6; 5:6-10).

Bajo el Nuevo Pacto, el cual entra en vigor en el momento de la muerte y expiación de Jesús, no se habla de diezmar en ningún momento por los apóstoles. En cambio se habla de la importancia de dar sacrificadamente entre los creyentes para ayudar a los hermanos en la fe que pasan necesidad económica, a fin de que todos puedan ser bien cuidados, alcanzando así la igualdad entre los hermanos en lo que respecta a las necesidades físicas y materiales (Hechos 2:44-45; 4:32-37; 1 Corintios 8; Romanos 12:9-13; 15:25-28).

El apóstol Pablo fue un verdadero ejemplo de no exigir dinero de nadie ni imponer cargas financieras sobre los hermanos, pues prefería antes trabajar con sus manos confeccionando tiendas que pedir dinero alguno para sus necesidades, a fin de que el Evangelio de Cristo se difundiera de forma transparente y gratuita entre todos aquellos que iban a recibirlo. Él también emulaba a Jesús en cuanto a la importancia de dar desinteresadamente, cuando dijo: “Más bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:33-35; 18:3; 1 Corintios 9).

En 2 Corintios 8:9, Pablo escribe que Jesucristo siendo rico se hizo pobre por amor de nosotros, para que nosotros con su pobreza pudiésemos ser enriquecidos. Éste fue siempre el sentir y el ejemplo que dieron los ministros de la iglesia primitiva, de renunciar su reputación y las riquezas materiales para poder enriquecer a los demás en todo (2 Corintios 6:1-10). 

Diezmar fue una ley necesaria bajo el Antiguo Pacto y que ya desapareció para dar lugar al Nuevo Pacto de la gracia liberadora de Jesucristo (Juan 1:17). Dios no necesita nuestro diezmo, pero sí está a favor de que demos sacrificadamente y ayudemos con ofrendas y contribuciones voluntarias a los hermanos en la fe realmente necesitados, dando según hayamos decidido en nuestro corazón, no de mala gana o a la fuerza o por imposición de alguien, sino libremente y con alegría a fin de que también podamos ser recompensados con la provisión necesaria para nosotros mismos y para poder seguir dando generosamente a los necesitados (2 Corintios 9:6-15).

Es conveniente y necesario que ofrendemos y contribuyamos frecuente y voluntariamente a la obra del ministerio: la propagación del Evangelio, el sustento de los hermanos en la fe necesitados y la ayuda a los pobres. Dar el diez por ciento de nuestros ingresos es una buena referencia para comenzar a contribuir a la obra, pero el Señor espera que demos mucho más que solo el diez por ciento. Y esto incluye nuestra entrega entera de seguir al Señor Jesús y nuestro servicio activo para con Dios en nuestra vida cotidiana, que es cumplir la Gran Comisión de amar al prójimo y evangelizar a los perdidos y confesar a Cristo en todo momento y lugar. Porque, ¿cuánto dinero podrá pagar el hombre por su alma, a menos que obedezcamos al Señor propagando el Evangelio del Reino y la reconciliación con Dios a todos aquellos a nuestro alrededor? (Marcos 8:34-38; Juan 15:12-17; Mateo 28:18-20; Marcos 16:15-18; 2 Corintios 5:14-20).

Diezmar se ha convertido en una tradición y requisito básico de la iglesia (Marcos 7:6-13), que lamentablemente obliga al creyente a buscar el favor de Dios a través de los diezmos por temor a caer en maldición, separándose así de la gracia de Jesucristo, el cual lo pagó todo por nosotros con Su sangre y sacrificio expiatorio (Gálatas 5:2-6; Romanos 10:1-4; 1 Corintios 6:20; Hebreos 7:11—8:13; 9:24—10:22). El principio mal enseñado de diezmar impulsa al creyente a solo pensar en sí mismo y sus necesidades económicas, en vez de enfocarse en acercarse a Dios —por medio de la constante absorción de Su Palabra en la Biblia, y la oración en el Espíritu Santo (Romanos 12:1-2; 2 Tesalonicenses 2:13-17; Josué 1:8; Judas 20-21)— y en las necesidades de los pobres y de los perdidos, los cuales necesitan ver un ejemplo de amor y compasión por parte de los creyentes sinceros y entregados (Oseas 6:6).

Si la Palabra de Dios es tan clara al respecto:

• ¿Por qué la iglesia evangélica exige hoy en día que los creyentes cumplan la iniciativa que una vez tuvo Abraham —cuando todavía se llamaba Abram— de dar unos diezmos a Melquisedec, y por otro lado no exige que cumplan la señal de la circuncisión (cortar el prepucio del varón) que Dios había encargado en un momento dado a Abraham y a toda su descendencia? (Ver Génesis 14:17-20; Hebreos 7:1-3; Génesis 17:9-11; Juan 7:22)
• ¿Por qué todavía hay numerosos líderes de la iglesia que todavía enfatizan y hasta obligan a cumplir la ley obsoleta de diezmar a su congregación, cuando deberían enfocarse más bien en enseñarles a buscar primeramente el reino de Dios y su justicia: cultivando su relación personal con Dios el Padre y testificando personalmente de Jesucristo a cualquiera en el camino? (Ver Lucas 12:22-31; Juan 4:21-24; 15:16; Mateo 28:19-20)
• ¿Por qué no enseñan y animan a los hermanos más pudientes y acomodados a dar más del diez por ciento de sus ingresos, a fin de ayudar a los hermanos más pobres de su congregación, los cuales a duras penas pueden diezmar? (2 Corintios 8:13-15) ¿Y por qué no sustentan más a los misioneros y servidores de Cristo a tiempo completo y viviendo por fe, los cuales están dando todo para llevar la Palabra a cada corazón, en todo momento y lugar? (1 Corintios 9:11-15)
• ¿Dónde están los buenos pastores que enseñan la sana doctrina de la Palabra de Dios a los creyentes y los guían a Jesucristo, el buen Pastor que da Su vida por las ovejas, y que no son como los pastores asalariados, amantes del dinero, que obligan a diezmar a su congregación con el objetivo de poder vivir en opulencia? (Ver Juan 10:7-13; 2 Timoteo 3:1-9; 4:3-4; Mateo 7:15-27; 22:13-33; Marcos 12:38-40; 2 Pedro 2; 2 Corintios 11:3-4,13-15; Apocalipsis 3:14-22; Isaías 29:13; Ezequiel 22:23-31; 33:30-32; 34:1-6.)

(Recomendamos un estudio más profundo revisando los versículos que se encuentran en la concordancia de la Biblia sobre las palabras ‘diezmar’ y ‘diezmo’, en contraste con la palabra ‘ofrenda’ o ‘contribución’.) ◘