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05 marzo 2020

¡Sal de la Comodidad y Predica el Evangelio a los Perdidos!

 
El famoso predicador fundamentalista bíblico Charles Spurgeon dijo en una ocasión a los cristianos tibios y pasivos, los cuales no comparten fielmente el evangelio con los demás y no tienen verdadera pasión por ganar almas para Jesucristo:

 "¿NO SIENTES DESEO para que los demás SE SALVEN? Entonces NO ERES SALVO [NACIDO DE NUEVO] tú mismo, ¡puedes estar seguro de ello!"

 Hay un gran problema en la iglesia cristiana de hoy;  y el problema es que la mayoría de las enseñanzas se centran principalmente en la prosperidad y la comodidad de uno, en lugar de enfocarse en morir a la reputación y al bienestar de uno, y adquirir una MENTALIDAD de REINO.

 Tener una mentalidad de reino significa que cada creyente y discípulo debe tener un deseo fuerte y convincente de difundir las buenas nuevas de salvación en Cristo a cada alma perdida.  Este fuerte deseo proviene de un corazón agradecido por ser redimido, y de un corazón compasivo para ayudar a los perdidos a encontrar la redención también.  De hecho, muchas, muchas personas mueren diariamente sin conocer el regalo gratuito de SALVACIÓN de Jesús, ¡y están condenadas a sufrir el castigo eterno después del Día del Juicio de Dios!  (Lee Apocalipsis 20:11-15.)

 El problema es que muchos creyentes de hoy han venido y han sido bautizados en Cristo sin realmente saber y comprender el ALTO COSTO de esto, debido al evangelio ligero y fácil que predica y vive el cristianismo establecido de hoy.

 Jesús dijo que deberíamos contar el COSTO de RENUNCIAR A TODO, antes de entregarle nuestra vida: "Si alguien viene a Mí y no odia a su padre y madre, esposa e hijos, hermanos y hermanas, sí, y su PROPIA VIDA también, no puede ser mi discípulo.  Y el que no toma su cruz y viene en pos de mí no puede ser mi discípulo ... De la misma manera, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee [cualquier cosa que le impida cumplir la gran comisión] no puede ser mi discípulo ”.  (Lucas 14:26-33)

 La Palabra de Dios dice claramente que si decimos que PERMANECEMOS en Cristo, ¡debemos CAMINAR como JESÚS caminó sobre la Tierra! De lo contrario, no somos realmente seguidores de Jesús y vivimos en engaño.  (Lee 1Juan 2:3-6).

 Esto es lo que Jesús estaba HACIENDO todos los días: "Entonces Jesús recorría todas las ciudades y pueblos, ENSEÑANDO en sus sinagogas, PREDICANDO el evangelio del Reino en todas partes, y SANANDO toda enfermedad y toda dolencia entre la gente" (Mateo 9:35)

 Y esto es lo que Jesús pidió a sus DISCÍPULOS, después de ver la GRAN COSECHA de almas frente a él: "Pero cuando vio a las multitudes, tuvo compasión de ellas, porque estaban desamparadas ​​y dispersas, como ovejas que no tienen pastor.  Luego dijo a sus discípulos: "La COSECHA es realmente abundante, pero los TRABAJADORES son muy pocos. Por lo tanto, orad al Señor de la cosecha para que ENVÍE muchos TRABAJADORES a su COSECHA". (Mateo 9:36-38)

En otra ocasión, Jesús dijo a sus seguidores: "El que CREE en mí, las OBRAS [de predicar el Reino de Dios y de sanar a los enfermos] que yo hago, él las HARÁ también; y aun MAYORES [en número] que estas HARÁ, porque yo voy al Padre.” (Juan 14:12)

 JEDÚS dijo que no debemos preocuparnos por nuestra VIDA DIARIA o nuestras necesidades, sino que solo debemos tener la fe de un niño para creer las promesas de Dios para nuestro suministro diario, ¡siempre y cuando PONGAMOS el REINO de DIOS y su justicia PRIMERO todos los días!  (Lee Mateo 6:24-34 y Lucas 12:13-34.)

 Los primeros discípulos no recibieron el ESPÍRITU SANTO solo para hablar en lenguas o profetizar, o para guardarlo para ellos mismos.  ¡La razón principal por la que Jesús envió desde el cielo su Espíritu Santo a sus 120 fieles seguidores el día de Pentecostés, es para que recibiesen el PODER de DIOS sobre ellos, a fin de tener valentía, amor y convicción para ser TESTIGOS y PREDICAR el EVANGELIO en todas partes!  (Lee Hechos 1:8; capítulo 2; 4:23-31; 6:7-8; 8:1-8.)

 Entonces el propósito principal de Dios de enviarnos su ESPÍRITU SANTO es para que también podamos ser TESTIGOS y PREDICAR EL EVANGELIO con verdadera valentía y poder a las ALMAS PERDIDAS, ¡en todas partes y en cada oportunidad!

 Jesús nos advirtió que "No todo el que me dice:" SEÑOR, SEÑOR", entrará en el reino de los cielos, sino el que HACE la voluntad de mi Padre que está en los cielos".  (Mateo 7:21)

 Jesús también dejó muy claro cuál es el PRECIO por convertirse en un verdadero seguidor / discípulo de él, diciendo que: "Quien quiera venir en pos de mí [ser un discípulo], niéguese a sí mismo [abandone su propia reputación y voluntad], y tome su cruz [sufra vergüenza, dificultad y persecución], y sígame [estudie mi Palabra y obedezca mi gran comisión de ser un testigo fiel].  Porque quien quiera salvar su vida la PERDERÁ, pero quien pierda su vida por SEGUIRME y PREDICAR el evangelio, la SALVARÁ ". (Marcos 8:34-35)

 Así que, arrodillémonos y EXAMINEMOS nuestro corazón, nuestro estilo de vida y fe en Jesús, para ver si nuestra fe es profunda y real, y está basada en la obediencia a la Palabra de Dios;  o simplemente es superficial y aparente, y está basada en solo seguir las tradiciones de la iglesia tibia actual --como ir a la iglesia los domingos para adorar un poco, y escuchar sermones irrelevantes que solo hacen cosquillas en los oídos de las personas y rara vez transforman vidas.

 El apóstol Pablo dijo: "EXAMINAOS a vosotros mismos si estáis en la fe. Probaos a vosotros mismos. ¿No os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que seáis reprobados?" (2Corintios 13:5)

 "Porque vendrá tiempo en que no soportarán la SANA DOCTRINA; antes, porque tienen comezón de oír, se amontonarán para sí mismos maestros conforme a sus propios malos deseos, y apartarán sus oídos de la verdad, y se volverán a las FÁBULAS".  (2Timoteo 4:3-4)

 Nosotros como creyentes debemos tener muy claro que la GRAN COMISIÓN fue dada a TODO hijo de Dios nacido de nuevo y discípulo de Jesús, y no solo al cuerpo ministerial de la iglesia.  (Lee Efesios 4:11-16.)

 ¡Así que SAL de la comodidad y sé un TESTIGO fiel y PREDICA el Evangelio a los PERDIDOS! ¡Puedes comenzar buscando y encontrando almas perdidas en tu propia ciudad, yendo a las calles, a McDonald's, a un parque, a un centro comercial, o de casa en casa, o a cualquier otro lugar que Dios te muestre! 

Y si eres una persona muy ocupada, aprovecha todas las oportunidades que puedas para ser un TESTIGO cuando vayas de compras, o en el autobús que te lleva al trabajo, o en tu lugar de trabajo, o cuando llevas a tus hijos al patio de juego y recreo.  ¡Donde hay una VOLUNTAD, siempre hay una MANERA!  (Lee Mateo 5:10-16; 28:16-20; Marcos 16:14-20; Lucas 24:46-49.)

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27 enero 2015

"No podéis servir a Dios y a las riquezas" (Mateo 6:24)

 
Podemos ver hoy en día que la fe y la visión de la iglesia actual difiere mucho de la fe y la visión de la iglesia primitiva, la cual era muy vibrante y activa, y estaba llena del Espíritu de Dios y de frutos de almas. Por lo contrario, la iglesia actual se enfoca principalmente en lo que concierne a la prosperidad económica, y no tanto en ganar almas en todo momento y en todo lugar.

Los líderes actuales se justifican diciendo que vivimos en tiempos diferentes, y que de todas maneras Dios está aún interesado en la adquisición de riquezas, poniendo como ejemplo a Abraham o a Job, los cuales Dios había bendecido materialmente, y que por tanto la adquisición de bienes materiales no va en contra del mensaje bíblico.

Los miembros de la iglesia actual siguen a un pastor que supuestamente es “conocedor de la verdad”, el cual promueve la fiel asistencia al templo que llama “iglesia”, donde el mensaje primordial gira en torno del “dar diezmos y ofrendas a Dios”, prometiéndoles a cambio estabilidad económica y material, a fin de poder vivir una vida de bendición y de confort. 

Cuando en realidad el pastor debería promover una vida de discipulado activo para preparar líderes obreros que divulguen el Evangelio por todo lugar, y para que los demás miembros se animen sustentar a estos misioneros, así como a las familias más pobres de la congregación, y también a barrios pobres de la ciudad. Debería enseñarles a no dar simplemente el diezmo (el diez por ciento) de sus ingresos a la iglesia, sino a dar el máximo posible, hasta que todos puedan llegar a dar el noventa por ciento de sus ganancias, no como algo impuesto sino como ofrenda voluntaria, para que sean prosperados en todo (2Corintios capítulo 9). Éste es el auténtico espíritu de renuncia a todo y del verdadero discipulado.

Según las Escrituras y bajo el Antiguo Pacto, el diezmo era el diez por ciento de las ganancias donado por solo aquellos que tenían granjas de animales y tierras de cultivos en Israel. Este diezmo era separado y entregado solo en comida, y no en dinero como las ofrendas para el templo, para poder alimentar a los levitas y a los sacerdotes que no disponían de heredad alguna. Este diezmo en alimentos también era destinado para alimentar a los extranjeros, las viudas y los huérfanos que vivían en Israel.

Pero ahora bajo el Nuevo Pacto en Cristo Jesús, Dios nos pide que lo demos todo; y no solo el hecho de congregarse en un templo y donar un diezmo para cumplir. Él quiere que le sirvamos de todo corazón, y/o que invirtamos nuestro dinero en su Obra, a fin de hacer avanzar su Reino y consecuentemente ganar almas, por todo lugar y lo más rápidamente posible. De hecho cuando nacemos de nuevo, Dios no se interesa tanto en nosotros como se interesa en los perdidos. Éste debe ser nuestro único objetivo y la verdadera razón de nuestra existencia como hijos de Dos.

Esta actitud errónea de interés desmesurado por lo material es opuesta diametralmente al mensaje que Jesús nos había hablado de renunciar a todas las cosas de este mundo y a nuestra propia voluntad, que nos distraen y frenan para poder seguirle como discípulos entregados y consagrados.

La iglesia actual debería enfocarse en seguir el ejemplo de Jesús en cuanto a su vida de renuncia y de entrega total a Dios su Padre. Debería vivir una vida más austera y de sacrificio, y de consagración a Dios y a su gran obra evangelizadora. Jesús enseñó una y otra vez acerca de la importancia de renunciar a todo deseo obsesivo por lo material, a fin de poder seguirle y obedecer la comisión de todo hijo(a) de Dios. Que es, ir a predicar el Evangelio de Redención en Cristo y manifestar el Reino celestial a toda criatura, para que llevar fruto de almas para Dios que a su vez le sirvan a Él. (Ver Lucas 14:25-35; Marcos 16:15-18; Mateo 28:19-20.)

¿Qué dicen las Sagradas Escrituras al respecto?

Si estudiamos bien la vida y el mensaje de Jesús en los cuatro Evangelios, y los Hechos y las Epístolas de los apóstoles, descubriremos que las riquezas materiales mencionadas en el Antiguo Testamento pasan prácticamente desapercibidas y a un segundo plano. Por el contrario, se enfatizan las riquezas espirituales de entrega a Dios y de servicio a los demás por medio de Jesucristo y su Espíritu en nosotros (Romanos 12:1-2; 1Corintios 3:16).

Jesús se enfrentó a las mismas tentaciones que el Diablo tienta a tantos creyentes hoy en día, cuando estaba en el desierto justo en el comienzo de su ministerio, cuando el adversario de Dios le ofreció la potestad sobre todos los reinos de la tierra y sus riquezas materiales, la cual había recibido en el momento que Adán, el primer hombre creado, pecó y cayó en maldición; convirtiéndose así en el príncipe y dios de este mundo (Juan 12:31, 14:30, 16:11; 2Corintios 4:4). Sin embargo Jesús resistió bien al diablo y a la tentación, reprendiéndole con convicción y con la autoridad de la poderosa Palabra de Dios:

“Y le llevó el diablo a un monte alto, y le mostró en un momento de tiempo todos los reinos de la tierra. Y le dijo el diablo: A ti te daré toda esta potestad, y la gloria de ellos; porque a mí me es entregada, y a quien quiero la doy. Si tú, pues, me adorares, todos serán tuyos. Y respondiendo Jesús, le dijo: Quítate de delante de mí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a Él solo servirás.” (Lucas 4:5-8)

También el diablo tentó a Jesús con hacerle demostrar su poder como Rey cuando estaba detenido delante de Pilato al interrogarle acerca de su realeza y autoridad. Pero no transigió en su cometido ni desobedeció la voluntad del Padre, sino que voluntaria y sufridamente se entregó por amor a  todos nosotros: 

“Entonces Pilato entró de nuevo al pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?...Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero ahora mi reino no es de aquí. Pilato entonces le dijo: ¿Acaso, eres tú rey? Jesús respondió: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.” (Juan 18:33-37)

Jesús declaró y enfatizó en otro pasaje acerca de la importancia de negarnos a nosotros mismos y de renunciar a todo, incluyendo nuestro bienestar y la vida material, a fin de que pudiéramos llevar fruto para Dios:

“Y llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. Porque el que quisiere salvar su vida, la perderá; y el que perdiere su vida por causa de mí y del evangelio, éste la salvará. Porque ¿qué aprovechará el hombre, si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma? Porque el que se avergonzare de mí y de mis palabras en esta generación perversa y adúltera, el Hijo del Hombre se avergonzará también de él, cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles.” (Marcos 8:34-38)

En otras palabras, ¿de qué sirve al hombre aguar su fe para obtener ganancia económica y material a fin de ser bien visto y aceptado por la gente del mundo, y pierde su alma? ¿Y cuánto dinero podrá pagar el hombre por su alma? Tenemos que darnos cuenta que la razón por la que Cristo vino a la Tierra no fue para que nos concentráramos en nuestras necesidades, sino más bien en olvidarnos de nosotros mismos completamente y volcarnos a Dios para servirle a Él y a los demás, con todas nuestras fuerzas (Marcos 12:28-34).

Jesús declaró una vez a sus discípulos que difícilmente un rico iba a entrar en el Reino del Cielo, a menos que se desprendiera y donara todas sus riquezas a los pobres y necesitados, a fin de poder seguirle a Él. Así lo expresó a sus discípulos, después que un hombre rico le había preguntado qué debía hacer para alcanzar la vida eterna. Este hombre había obedecido fielmente la ley de Dios desde muy joven, pero cuando Jesús le animó a deshacerse de todas sus riquezas para dárselas a los pobres a fin de que tuviera riqueza en el Cielo y pudiera seguirle, se entristeció y no las renunció porque tenía mucho que renunciar. En vez de convertirse en un instrumento útil para Dios y ser verdaderamente libre y rico en espíritu, prefirió no deshacerse de su mentalidad y entorno carnal, a fin de continuar con los placeres temporales de la vida y las cosas que podía ver y palpar con sus manos. (Ver Lucas 18:18-30.)

Veamos ahora lo que también Jesús expresó una y otra vez en diferentes pasajes con relación a  las engañosas riquezas materiales y los auténticos valores espirituales:

En Mateo 6:19-21 y Lucas 12:33-34 dice que vendamos lo que poseemos y demos limosna a los pobres; que no atesoremos riquezas aquí en la Tierra, donde la polilla destruye y las cosas materiales se echan a perder, y donde ladrones entran a robar. Sino que atesoremos riquezas en el Cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan a perder ni los ladrones entran a robar. Pues donde esté nuestra riqueza, allí estará también nuestro corazón —dando a entender que las riquezas materiales no son compatibles con el Reino de Dios, y que consecuentemente no deben ser nuestra prioridad ni nuestro objetivo ni nuestra razón de existir.

En Mateo 6:22-23 dice que nuestros ojos son la lámpara del cuerpo, y que si ponemos nuestra mirada en las cosas celestiales, nuestro cuerpo tendrá luz. Pero si nuestros ojos apuntan a las cosas materiales que nos atan, todo nuestro cuerpo estará en oscuridad. Y si la luz que hay en nosotros resulta ser oscuridad, ¿qué luz vamos a irradiar?

En Mateo 6:24-34 dice que nadie puede servir a dos señores o amos diferentes, porque odiará a uno y querrá el otro, o será fiel a uno y despreciará al otro. Es decir, que no podemos servir a Dios y a las riquezas al mismo tiempo, porque es imposible amarle y servirle a Él de todo corazón, si ponemos nuestra mirada en lo material o económico y el bienestar de uno mismo. No podemos afanarnos en trabajar demasiado a fin de ganar y acumular dinero, como consecuencia de no creer que Dios puede suplir lo necesario, mientras descuidamos lo más importante: que es buscar primeramente todo lo que atañe al Reino de Dios y su justicia. Jesús nos asegura que si tenemos fe en Dios y buscamos su Reino, no dejará de suplirnos milagrosamente el sustento necesario para que podamos servirle y seguirle Él.

En Marcos 4:7,18-19 dice que muchos creyentes son como la semilla sembrada entre espinos, que oyen la Palabra, pero los negocios de esta vida presente les preocupan demasiado, el amor por las riquezas les engaña, y solo piensan en poseer todas las cosas materiales posibles. Todo esto entra en sus corazones y apaga su fe en la Palabra, impidiéndoles obedecer la gran comisión de amar y llevar fruto de almas para Dios (Mateo 28:19-20).

En Lucas 12:13-21 dice que tengamos cuidado de no ser avaros y codiciosos, porque la vida no consiste en poseer muchas cosas o posesiones, ni en invertir dinero para hacerse todavía más rico.

En Lucas 12:22-32 dice que no debemos preocuparnos por lo que hemos de comer para vivir, ni por la ropa que necesitamos para el cuerpo. Si Dios da de comer a las aves que no siembran ni cosechan, y viste a la hierba que hoy está en el campo y mañana se quema en el horno, cuánto más Él va a darnos de comer y de vestir a nosotros los creyentes. Añadió que todas estas cosa del diario vivir son las que preocupan a la gente no creyente del mundo, pero que el Padre celestial ya sabe que las necesitamos. Solo debemos esforzarnos en buscar primeramente el Reino de Dios y que todas nuestras necesidades iban a ser suplidas de forma infalible y milagrosa.

En Lucas 12:33-34 dice que debemos deshacernos de toda posesión material para que podamos ayudar al necesitado, y para aliviarnos de las preocupaciones que conllevan las mismas riquezas; porque si uno posee riquezas, allí también está su corazón anclado en ellas, y se hace avaricioso.

En Juan 6:25-29 y 4:31-38 dice que trabajemos no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para vida eterna, que es hacer la voluntad del Padre celestial; es decir: creer, entregarse y obedecer a su Hijo y su Palabra, con el objetivo de cosechar para Dios tantas almas como podamos a nuestro alrededor.

Ahora veamos lo que el apóstol Pablo nos exhortó en sus cartas acerca de la engañosa riqueza material y la auténtica visión celestial:

En 1 Timoteo 6:1-10 dice que los que enseñan otras cosas y no están de acuerdo con la sana doctrina de Jesucristo, son engreídos y no saben nada. Son ministros que tienen la mente pervertida y no conocen la verdad, y que toman la fe cristiana por una fuente de ganancia material, en vez de estar contentos y satisfechos con la comida diaria y el vestido que nos da el Señor. Además, los que quieren hacerse ricos caen en la tentación como en una trampa, y se ven asaltados por muchos deseos insensatos y perjudiciales, que hunden a los hombres en la ruina y la condenación. Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males; y hay quienes por codicia, se han desviado de la fe y se han causado terribles sufrimientos. (Ver también Salmo 49.)

En 1 Timoteo 6:17-19 dice que los hermanos en la fe que tienen riquezas de esta vida, que no sean arrogantes ni pongan su mirada y esperanza en las riquezas, porque las riquezas de este mundo no son seguras ni duraderas. Antes bien, que pongan su esperanza en Dios, el cual nos da todas las cosas con abundancia y para nuestro provecho. Sobretodo que hagan el bien, que se hagan ricos en buenas obras, es decir que estén dispuestos a dar y a compartir lo que tienen con los demás hermanos necesitados, a fin de que tengan una base firme de riquezas espirituales para el futuro, y hagan así efectiva la vida eterna que el Señor les ha concedido por gracia.

También el apóstol Juan nos exhorta en 1 Juan 2:15-17 que no amemos al mundo (al sistema del hombre), ni lo que hay en el mundo. Dice que si alguno ama al mundo o es atraído por él, no ama a Dios, porque nada de lo que el mundo ofrece viene de Dios, sino del mundo. Y esto es lo que Dios detesta: los malos deseos de la naturaleza carnal humana, vicios y placeres egoístas; el deseo de poseer las cosas materiales que agradan a los ojos; y el orgullo, la vanidad y el egoísmo que generan las cosas terrenas. Pero el mundo pasa, con todos sus deseos; en cambio, el que hace la voluntad de Dios registrada en las Sagradas Escrituras vivirá para siempre.

¿Cuál es la voluntad de Dios para todo creyente?

El apóstol Pablo explica en Colosenses 3:1-4, y Romanos 6:5-14, y Gálatas 2:20, y 2Corintios 5:14-15, y 1Corintios 6:20 y 7:23, que si hemos nacido de nuevo del Espíritu de Dios y hemos sido resucitados con Cristo, entonces debemos pensar y buscar las cosas del Cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Debemos buscar las cosas del Cielo, y no las de la Tierra. Tenemos que darnos cuenta que, una vez hemos entregado nuestra vida a Dios, hemos muerto completamente a nuestro viejo hombre y a nuestra vieja vida pecaminosa, y Dios nos tiene reservado el vivir con Cristo. Jesucristo es nuestra vida ahora, Él vive en nosotros y le pertenecemos enteramente a Él, porque nos ha comprado con el precio de su sangre y sufrimiento en la cruz. Por eso, como hijos de Dios, estamos ahora obligados a hacer la voluntad de Dios y no seguir la corriente ni las costumbres contaminadas y perversas del mundo y del hombre natural.

En 3 Juan 1:2 el apóstol Juan nos da a entender que la voluntad de Dios con respecto a la prosperidad no consiste en desear y orar por riquezas materiales, como muchos piensan y aspiran erróneamente, sino en orar por la salud física, mental y espiritual, y por supuesto lo necesario para vivir, que Dios quiere brindarnos por medio de su Espíritu cuando nuestros pensamientos perseveran constantemente en Él. (Ver Salmos 119:165; Isaías 26:3.)

¿Qué modelo debemos seguir como cristianos con respecto a los bienes materiales?

El evangelista Lucas escribe en Hechos 2:44-45 y 4:32,34-35, que todos los creyentes estaban muy unidos y compartían sus bienes entre sí; vendían sus propiedades y todo lo que tenían, y repartían el dinero a todos los hermanos en la fe y según las necesidades de cada uno. Todos los creyentes pensaban y sentían de la misma manera. Ninguno decía que sus cosas materiales fueran solamente suyas, sino que eran de todos. Y gracias al buen ejemplo cristiano de compartir lo material, no había entre ellos ningún necesitado, porque quienes tenían terrenos o casas, los vendían, y el dinero lo ponían a disposición de los apóstoles, para repartirlo entre todos según las necesidades de cada uno.

Jesús nos dio el mayor ejemplo de entrega a Dios y de renuncia a todo al hacerse pobre siendo rico, ya que dejó los palacios del Cielo y se vistió de humanidad, para que, por medio de su ejemplo de humildad, pudiéramos tener de lo necesario, a fin de enfocarnos en propagar el Evangelio, y ser desprendidos y generosos para ayudar a los hermanos necesitados y a los pobres también (2Corintios 8:9). El apóstol Pablo dice que, cuando somos generosos compartiendo lo material con otros, no tenemos que preocuparnos de nuestro sustento diario ya que Dios suplirá todo lo que nos falte conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús (Filipenses 4:10-19). (Ver 2Corintios 9; Salmos 34:3-6,25-26.)

El apóstol Juan expresa en 1 Juan 3:16-18, que de la misma manera que Jesús se dio a sí mismo, hasta el punto de dar su vida por nosotros, cuánto más nosotros debemos también renunciar a todo lo demás y dar nuestra vida por los hermanos. Pues aquél que tiene bienes materiales y ve a su hermano tener necesidad de lo material y no comparte con él, ¿dónde está el amor de Dios dentro de él? Así pues si somos creyentes, no lo divulguemos simplemente de boca, sino también mostremos el amor de Dios con nuestro ejemplo de amor y de generosidad. (Ver Juan 10:7-13; Santiago 2:14-26.)

Conclusión

¿Cuántos creyentes están hoy en día dispuestos a renunciar y a compartir con otros sus riquezas materiales y posesiones para convertirse en verdaderos hijos e hijas de Dios que no viven para sí mismos, sino que, invirtiendo su tiempo y dinero en la obra de Dios, se enfocan en obedecer la Gran Comisión de predicar a toda criatura el Evangelio del Reino de Dios y su justicia en Jesucristo, sanar a los enfermos, y hacer discípulos en todas las naciones? (Ver Marcos 4:34-38, 16:15-18; Mateo 28:19-20.)

Actuemos, pues, en conformidad con la sana y completa doctrina del Evangelio, y seamos consecuentemente responsables de nuestro cometido, emulando y viviendo como Jesús vivió y operó, si verdaderamente hemos nacido de Dios en Él (1Juan 2:6). Seamos como la buena tierra en Lucas 8:4-15, que recibió la semilla del sembrador, y creció, y dio una buena cosecha, hasta de cien granos por semilla. Esta buena tierra es todo creyente que con corazón bueno y dispuesto escucha y hace caso de la Palabra de Dios; y que, permaneciendo firme en Ella, da una buena cosecha de conversos y de vidas consagradas, dispuestas a participar también en la gran obra reconciliadora de Dios (2Corintios 5:17-21). ◘



25 enero 2015

¿Qué precio pagó Jesús por nosotros?

 
Muchos ignoran el tan alto precio, de sufrimiento máximo y de tortura extrema, que Jesús tuvo que pagar y soportar por amor a nosotros y por obediencia a su Padre, al tener que cargar sobre Él todos los pecados y las enfermedades de cada persona en el mundo. Tuvo que morir como un pecador sin la presencia de Dios, pues hasta su propio Padre tuvo que abandonarlo por unos largos y patéticos momentos, a fin de librarnos de la maldición del pecado (2 Corintios 5:21; 1 Juan 1:7,9; 2:2,12), la enfermedad (Mateo 8:16-17; 1 Pedro 2:24) y la muerte (Juan 11:25-26; Romanos 6:23), para que fuésemos hechos justicia de Dios en Él (ver 2 Corintios 5:21; Romanos 10:1-13; Gálatas 3:13-14). (Ver Hebreos 2:9-18; Isaías 53:4-5; Salmo 103:3; 1 Pedro 3:18; Mateo 27:46.)

Fue tanta la compasión que sintió Jesús por nosotros, que se sometió completamente a la voluntad de Dios y no se rindió en ningún momento, a pesar de que estaba terriblemente angustiado, pues oró a su Padre con intensidad para pedirle que por favor no pasara por ese gran sufrimiento corporal, mental y espiritual que le esperaba, hasta el punto de sudar grandes gotas de sangre. Además durante el horrendo sacrificio, rogó y suplicó varias veces con gran clamor y lágrimas a Dios para que le rescatara del gran holocausto. (Ver Lucas 12:49-50; 22:39-46; Mateo 26:36-46; Hebreos 5:5-10.)

Jesús podía haber escogido no hacer caso a su Padre y abandonar tan grande prueba —como Adán, el primer hijo de Dios en la tierra, el cual desobedeció a Dios. Pero Jesús se humilló a sí mismo y obedeció a su Padre hasta la muerte, y muerte de cruz, a pesar del gran tormento que tuvo que soportar. Y por eso Dios exaltó a su Hijo amado hasta lo sumo, dándole un nombre que es sobre todo nombre y haciéndolo Señor de todo, por su gran acto de amor, humildad, obediencia, valor y lealtad que realizó por todos nosotros. (Ver Filipenses 2:5-11; 1 Pedro 2:21-25.)

Cuando Jesús fue apresado, los hombres que le custodiaban, completamente poseídos por el diablo, le vendaron los ojos y le golpearon y le abofetearon duramente y repetidas veces en el rostro, preguntándole: “Profetiza, ¿quién te golpeó?”; y muchas otras blasfemias decían contra Él. (Ver Mateo 26:67-68; Lucas 23:63-65.)

Dice la profecía en Isaías 50:5-9 que Jesús no se rebeló en ningún momento contra la voluntad de su Padre, y ni se volvió atrás, sino que dio su cuerpo a los heridores, y también sus mejillas a los que le arrancaban la barba, le injuriaban y le escupían, porque confiaba plenamente en que Dios su Padre le ayudaría en algún momento más adelante, según Él había prometido.

Dice en Mateo 27:26, Marcos 15:15 y Juan 19:1 que Jesús fue azotado por los soldados romanos justo antes de ser crucificado. Pero no recibió los típicos latigazos de cuarenta azotes menos uno que los guardianes judíos del templo solían ejecutar, como el apóstol Pablo y los demás apóstoles habían recibido (2 Corintios 11:24; Hechos 5:40), sino que recibió un sin fin de azotes con látigos llenos de púas en manos de soldados romanos, los cuales se les conocía por ser muy brutos y sanguinarios. No nos extrañemos, pues, que le despellejaran todo su cuerpo. Precisamente, un hermano en la fe que domina el hebreo dijo en una ocasión que cuando dice en la Escritura en Isaías 53:5, que 'por su llaga fuimos curados', esta llaga en hebreo es una gran llaga formada a raíz de tantos latigazos que recibió, hasta el punto de despellejarlo y dejarlo en carne viva con los azotes de púas que propinaron. (Ver Isaías 52:13-15 e Isaías 53 en su totalidad.)

Por si fuera poco, sobre su cabeza los soldados romanos le incrustaron una corona de espinas punzantes y dolorosas; y por si fuera poco le herían en la cabeza con una vara, al mismo tiempo que le escupían y se burlaban de Él. (Ver Mateo 27:27-30; Marcos 15:16-19.)

Las profecías de Isaías 52:14 y 53:2 cuentan que fueron tan crueles los golpes y azotes que recibió Jesús, que su rostro y su cuerpo estaban completamente desfigurados y sin atracción humana alguna. En Isaías 53:4 dice que sufrió nuestros dolores y enfermedades, es decir, todo tipo de dolor y enfermedad existente y por existir en la tierra. Y en el siguiente versículo 5 dice que fue herido y molido por nuestros pecados, o sea, que sufrió un castigo de gran proporción por cada pecado existente y por existir en el mundo. ¡Qué gran castigo tendría que soportar entonces!

En medio del gran dolor y del rechazo masivo que sufría Jesús por parte de sus implacables perseguidores religiosos, los soldados romanos lo crucificaron finalmente con grandes clavos que traspasaron dolorosamente sus manos y sus pies. Y una vez crucificado, a duras penas podía respirar debido a la gran asfixia que sintió al estar colgado sin descanso en la cruz. Y esto sin mencionar la gran angustia que padeció al sentirse abandonado por su Padre durante todo el suplicio, hasta que le sobrevino la muerte. (Ver Mateo 27:35-50.)

Las profecías del Salmo 22:1-22, Salmo 109 e Isaías 41:8-16 relatan la fuerte angustia de no poder sentir la presencia de su Padre, y el insoportable oprobio y el gran dolor físico que Jesús tuvo que atravesar en el momento de su crucifixión, pues fue maltratado y aplastado como un gusano, con incesantes burlas e infamias de gente despiadada e instigada por el mismo Diablo. Dice que todos sus huesos fueron descoyuntados, su corazón estaba completamente derretido, no guardaba fuerza alguna, su lengua se pegó firmemente a su paladar, y sus manos y sus pies fueron perforados. (Ver Salmo 22:14-16.)

Jesús no cesó de llamar a Dios su Padre por su salvación, hasta el punto que su garganta estaba enronquecida y sus ojos desfallecidos (ver Salmo 69:1-3). También oró al Padre que no fueran avergonzados ni confundidos por causa de Él los que buscaban y esperaban en Dios (ver Salmo 69:6-10).

Dice la Palabra que Jesús sufrió inmensa agonía y murió con un corazón quebrantado, por tanta afrenta, confusión e infamia que pasó (ver Salmo 69:19-21). Prueba de ello es que, después de verlo muerto, un soldado le abrió el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua (ver Juan 19:34).

Al momento de morir, Jesús fue enviado directamente al corazón de la tierra, donde se encuentra el infierno, como un  pecador cargado con todos los pecados del mundo (ver 2 Corintios 5:21), y que según las Escrituras estuvo tres días y tres noches, como Jonás que por desobediencia, Dios hizo que un gran pez se lo tragara, hasta que Dios mismo lo rescató (ver Efesios 4:9-10; Mateo 12:40; Jonás 1:17). Tan grande era el amor de Jesús, que predicó el Evangelio a los espíritus que estaban encarcelados en el centro de la Tierra. Y Dios lo libró finalmente del infierno, resucitándole triunfalmente al tercer día por medio del poder de su Espíritu Santo. Dios lo exaltó a lo sumo y lo hizo Señor de todo. (Ver Salmo 69:14-18; 16:8-11; 116; Hechos 2:22-36; 13:32-39; 1 Pedro 3:18-20; 4:6; Filipenses 2:5-11; Apocalipsis 1:17-18.)

Jesús, el Hijo de Dios, sufrió un verdadero castigo y martirio, pues detrás de ese martirio y tortura estaba la presencia del mismo Satanás, esperando que, con tan extremo dolor y padecimiento, Jesús abandonaría, desobedecería y renunciaría ser el Hijo de Dios en algún momento de la prueba —de la misma manera que lo logró con Adán, el primer hijo de Dios en la tierra, al tentarle con éxito para que desobedeciera a Dios, y consecuentemente pecara y se separara de Él. Así que el sufrimiento que Jesús padeció fue verdaderamente atroz, descomunal e inimaginable, considerando que el diablo, el más sádico y sanguinario de todos los seres tenebrosos, debió haber utilizado todos sus mejores armas y cartuchos para destruirle a Él y su testimonio, y para abortar su misión salvadora y reconciliadora en la tierra (ver Efesios 1:3-14).

Nadie en la historia ha sufrido un martirio y muerte tan horrendos, y sin Dios, como la que sufrió el mismo Jesús, el Hijo de Dios. Por eso podemos comprender ahora el amor tan grande que Él y Dios Padre tenían y tienen por todos nosotros, que nos compraron por un precio muy elevado, para que pudiéramos reconciliarnos y ser hechos hijos y herederos de Dios, y coherederos con Cristo Jesús, simplemente por su amor y misericordia. (Ver 1 Corintios 6:19-20; 7:23-24; Romanos 5:8-11; Juan 1:12-13; Romanos 8:14-18; Tito 3:4-7.)

Debemos pedir a Dios —orando en el Espíritu Santo y meditando en su Palabra (ver Judas 20-21; Josué 1:8) — que nos ayude a comprender y a conocer la profundidad del amor abnegado y sacrificado de Jesús, que excede a todo conocimiento, para que seamos llenos de la plenitud de Dios (ver Efesios 3:14-21); pues nadie tiene mayor amor que éste, que uno ponga su vida por sus amigos, es decir, por nosotros (ver Juan 15:13).

Jesús, aunque era el Hijo de Dios, vivió y sintió exactamente lo que cualquiera de nosotros hubiera sentido si hubiese sido maltratado de la misma manera que Él fue tratado. Sin embargo Él se humilló como hombre y pasó la prueba victoriosamente, a pesar del gran dolor, angustia y muerte que sufrió. Si Él puso su vida por nosotros, derramando su sangre para borrar nuestros pecados y para que Él pudiera vivir en nosotros, cuánto más nosotros tendremos ahora que poner nuestras vidas por los hermanos y por los perdidos a nuestro alrededor —los cuales son valiosas y estimadas criaturas de Dios—, para que estos puedan también ser salvos del pecado y reconciliados con Dios el Padre, y para que puedan a su vez participar en su gran obra reconciliadora. (Ver Juan 1:29; Gálatas 2:20; Hebreos 10:10-22; 1 Juan 3:16; Marcos 8:34-38; 2 Corintios 5:14-21.)

Reconozcamos y valoremos, pues, el tan alto precio que tuvo que pagar nuestro Señor Jesús para librarnos de la maldición y la condenación del pecado: la extrema tortura física, mental y espiritual que tuvo que sufrir el Señor Jesucristo para redimirnos con su sangre, a fin de hacernos reyes y sacerdotes para Dios. De la misma manera,  reconozcamos también la gran bondad y voluntad de Dios el Padre por dar a su único Hijo engendrado, por amor a nosotros. ¡No nos cansemos, pues, de agradecerles, apreciarlos, amarlos, alabarlos, adorarlos, honrarlos y glorificarlos a ambos, diariamente por su gran amor hacia nosotros! (Ver Juan 3:16-17; 1 Corintios 6:20; Romanos 12:1-2; Apocalipsis 5:6-14.) ◘